Nuestros ancestros (3): La herencia rechazada

J. Francisco Macías C.

Las herencias son normalmente causa de conflicto entre los descendientes de una persona. Cuando alguien fallece, la pregunta obligada es qué sucederá con todos sus bienes que, como todos sabemos, no podemos cargar después de la muerte. Esta situación es tan dramática que ha resultado en muchísimas novelas, y también en casos de la vida real que superan a la ficción: la familia millonaria que decide dejar todo a la caridad porque los hijos son unos ingratos, la viejita sola que le deja todo a la persona que le ayudó durante el final de su vida… Por ejemplo, hace poco escuché la historia de un hombre que dejó unas pocas tierras rurales a sus hijos, que después se dieron cuenta que valían varios cientos de millones de pesos.

Al reflexionar sobre las herencias, no deberíamos dejar de pensar en todos los bienes intangibles que tienen las personas. En pleno siglo XXI, nos hemos dado cuenta plenamente del gran valor que tiene el conocimiento. Bien es sabido, por ejemplo, que el mayor valor que tiene Google es haber sistematizado y centralizado la información disponible en el mundo; y lo mismo va para Wikipedia en una menor escala.

Además, un tema clave con la información, es que no pierde su valor por ser compartida. Que cualquier persona lea este escrito en un blog no lo hace menos valioso, sino incluso al contrario. La posibilidad de difundir ideas y que lleguen a impactar a muchas personas es fundamental en la era del conocimiento.

Teniendo esto en mente, creo que es necesario volver hacia nuestros antepasados por sus conocimientos. Y no hablo desde el punto mercantilista de hacer dinero con lo que sabían nuestros ancestros (lo cual no es malo), sino también en cómo podemos aprender de ellos el arte del buen vivir…. O incluso, aprender los errores que debemos evitar.

Me parece muy interesante como, en esta época, vemos dos extremos irracionales al respecto del conocimiento que recibimos de nuestros antepasados. Por un lado, están aquellos que desprecian todo lo pasado como vestigio de eras primitivas que nada tienen que ver con nosotros, y que debe ser superado por la modernidad. Por otro lado, vemos a los que alaban el pasado con una nostalgia enfermiza, sin cuestionar qué cosas han mejorado, sin preocuparse por distinguir aquello que podría haber estado mal, y aún peor: ignorando a las fuentes más directas, que son las personas mayores que aún están con nosotros. 

En mi opinión, la alternativa solidaria debe regresar a las raíces de la sociedad para entender cómo hemos llegado tan lejos, tanto para bien como para mal. Cómo fuimos capaces de desarrollar tecnología para llegar a la luna, pero al mismo tiempo para aniquilar a millones de personas. Cómo fue que logramos conquistar el medio ambiente salvaje, pero al mismo tiempo cómo fue que olvidamos la importancia de salvarlo. Se trata de regresar con aquellos que construyeron la civilización (o fueron testigos de su construcción), y aprender lo mejor que podamos de ellos. El riesgo que tenemos de no hacerlo es enorme, pues puede ser que perdamos para siempre ese conocimiento.

A final de cuentas, sólo podremos lograrlo con un acercamiento verdaderamente humano hacia los mayores que nosotros, con respeto y espíritu crítico para conocer el pasado y entender el presente. Únicamente de esta forma podremos salvar el futuro para nosotros y para los que vengan después de nosotros. 

Imagen: El Sol de México

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