Nuestros ancestros (1)

Por J. Francisco Macías C.

Reflexionando sobre la situación social en que nos deja la pandemia, no podemos evitar que nuestros pensamientos se vayan con aquellos que más sufren la situación: los negocios que se fueron a la quiebra, las personas que perdieron su trabajo, los niños que se quedaron sin clases presenciales o definitivamente sin estudios… Las consecuencias serán gravísimas no sólo en este año, sino en la década venidera. 

La alternativa solidaria debe plantear nuevas maneras de acercarse con estas personas y ayudarlas a satisfacer sus necesidades, de manera que se encuentren en aptitud de construir un futuro más próspero para todos. Sin embargo, hay un grupo social que ha sido sistemáticamente despreciado en la construcción de este futuro simplemente porque se parte de la premisa que no llegaran al futuro: los adultos mayores.

Un ejemplo de esta discriminación lo vimos claramente con el COVID: dado que los adultos mayores son considerados población de riesgo (es decir, con mayor riesgo de morir al ser infectados), hubo algunas personas que incluso llegaron a plantear que era un sacrificio que debía hacerse en aras de conseguir la inmunidad de rebaño necesaria para salir adelante. Esto fue aún más claro considerando las escandalosas cifras de muertos en asilos de ancianos en España, que incluso detonaron investigaciones judiciales [1].

También podemos regresar a nuestro entorno más cercano: muchas empresas, asediadas por la crisis económica, despidieron a adultos mayores que se quedaron sin trabajo y con muy pocas posibilidades de encontrar una nueva fuente de ingreso. En esta etapa de la vida, donde las necesidades de atención médica y de cuidado son tan importantes, nos encontramos con personas entrando a la tercera edad sin medios de sustento, sin ahorros, y sin apoyos familiares y sociales suficientes. Al final, incluso los programas del gobierno como las “pensiones para adultos mayores” terminan siendo paliativos insuficientes para los graves problemas que se presentan.

¿Cómo fue que llegamos a ser una sociedad tan indolente que no cuida a aquellos que vinieron antes que nosotros? ¿Por qué fue que permitimos convertirnos en una “jungla de concreto”, donde sólo el más fuerte, joven y apto sobrevive? La reconstrucción del tejido social debe comenzar por los más débiles, aquellos que no pueden valerse por sí mismos: niños, ancianos, enfermos y personas con discapacidad. 

Como siempre, ninguna de las posturas ideológicas dominantes en el espectro político presenta una solución satisfactoria al problema. Para unos, si no eres productivo no sirves. Para otros, si no puedes dar la lucha de clases, tampoco sirves. Es por ello que necesitamos una alternativa solidaria, donde no se trata de que sirvas para algo, sino de que vales por el hecho de ser persona sin importar tu edad, tu condición física o de salud. Porque todos, incluso los más ancianos, podemos y debemos aportar por construir una sociedad donde quepamos todos, encaminada a un mejor futuro.

Estas ideas las seguiremos abordando en otros escritos sobre nuestros ancestros. De momento, el mensaje más importante que queremos compartir es que hay cosas que no van bien en cómo tratamos a los adultos mayores, y debemos trabajar para cambiarlas.

Imagen: Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas

[1] https://www.contrareplica.mx/nota-Espana-investiga-penalmente-38-asilos-de-ancianos-por-COVID-19-202017410

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