La falsa dicotomía

Por J. Francisco Macías C.

Cualquier incursión en el ambiente venenoso de twitter nos puede llevar a pensar que estamos nuevamente en el siglo XX. Si por cualquier razón comulgas con los planteamientos de Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Inglaterra, Jair Bolsonaro en Brasil, Sebastián Piñera en Chile o Santiago Abascal en España, eres un fascista anti-derechos y no tienes cabida en el debate público. De la misma forma, el apoyo a los gobiernos de Maduro en Venezuela, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en España, Andrés Manuel López Obrador en México, eres un gran revolucionario romántico que busca acabar con las desigualdades sociales.

Pareciera que no nos damos cuenta del reduccionismo al cual se ha visto sometido el debate público, sin que en realidad nos pongamos a considerar que el mundo ha cambiado de manera radical desde la segunda guerra mundial. La URSS ya no existe, el muro de Berlín ya cayó, la revolución estudiantil y sexual que comenzó en el 68’ ya es una realidad. Ya son casi 20 años de que Estados Unidos recibió el ataque terrorista más grande de su historia en su propio territorio, la bolsa de valores cayó en 2008 por especuladores financieros sin escrúpulos, el mundo conoció el terrorismo extremista musulmán con el rostro de Al Qaeda y de ISIS. Llevamos meses encerrados por una pandemia sin precedentes. 

Incluso sólo tomando en cuenta estos hechos históricos (muy pocos con todo lo que ha pasado en más de 70 años) tenemos que darnos cuenta que la realidad no sólo se divide entre comunistas y fascistas, entre socialistas y capitalistas, entre buenos y malos. La realidad cada vez se vuelve más compleja, y resulta irrisorio que la generación más preparada de la historia (los millennials, que cada vez nos volvemos más viejos) caigamos en la misma trampa que aquellos que vinieron antes que nosotros y que les tocó vivir una realidad totalmente diferente. 

Aceptémoslo: es prácticamente imposible encontrar alguien tan anacrónico y obtuso que pueda pensar que el nacionalsocialismo puede solucionar algún problema (y que actúe en consecuencia), y ninguna persona intelectualmente honesta puede seriamente defender que el comunismo como lo postulaba Fidel Castro es la solución a los problemas del siglo XXI. De la misma forma, twittear desde un iPhone contra el libre mercado no es ser precisamente comunista, y responder con alabanzas al libre mercado siendo un empleado de una microempresa no te vuelve un capitalista libertario. El presidente de México no es un comunista puro en todos sus actos (aunque parezca anclado ideológicamente a la década de los 70), y el presidente de Brasil no es la reencarnación de George Washington aunque defienda la portación de armas. 

A lo que quiero llegar con todo esto, es que nos hemos enfrascado en la falsa dicotomía de que todo acto político se divide entre izquierdas y derechas. Seguir aceptándolo de esta manera simplemente nos lleva a debates infructuosos, a cerrazones inútiles, a la preservación de sistemas económicos y políticos perversos que sencillamente nos dejan como una sociedad fragmentada y difusa, una selva de concreto donde los más débiles (ya sea física, económica, o intelectualmente; aunque en la mayoría de las veces estas tres debilidades coexisten en los mismos grupo sociales) son los que más sufren y mueren primero. 

Debemos recordar que los planteamientos totalitarios del siglo XX, por más utópicos y románticos que fueran, no triunfaron entonces y no triunfarán ahora ni nunca porque parten del odio entre los seres humanos: odio a los ricos y burgueses, odio a los pobres, odio a los diferentes por su color de piel, religión o posición ideológica. 

Una alternativa solidaria a estos planteamientos totalitarios debería partir de una comprensión más profunda de las problemáticas que se presentan en la vida cotidiana. En este punto de la historia deberíamos haber aprendido que la solución a la pobreza no radica en regalarle dinero a los pobres, pero tampoco en simplemente permitir que cualquier “empresario” haga lo que quiera, sin ningún tipo de responsabilidad social. El acercamiento más bien debería ser en cómo pueden establecerse políticas públicas que incentiven a la persona con más recursos a ayudar solidariamente a quienes tienen menos, únicamente en tanto cuanto los necesiten y hasta en tanto puedan hacerse valer por sí mismos. 

Debemos entender que el riesgo político de fondo en la tercer década del siglo XXI son los populismos demagógicos, sin importar el espectro político que supuestamente representen. Y la respuesta debe venir de una sociedad civil verdaderamente activa y democrática, que genere debate serio y participación madura más allá de simples descalificaciones ideológicas en twitter escondidas tras cuentas inventadas. 

Los grandes debates de nuestra generación exigen que los jóvenes (y no tan jóvenes) millennials tomen conciencia de que conforman una generación con una responsabilidad histórica sin precedentes: no se nos está pidiendo ir a la guerra contra regímenes totalitarios, sino simplemente tocar la puerta del vecino y buscar mejores formas de trabajar en conjunto para tener una ciudad mejor, un mundo más sano, y una sociedad más solidaria. Y esto no será posible hasta que salgamos de esta falsa dicotomía de izquierdas y derechas.

Imagen: “Hitler y Stalin como amigos” Viñeta de David Low, Cordon Press (recuperada de Libertad digital)

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