La búsqueda de la verdad

Por Diego Alfonso Esquer Gómez

“¿Cómo es que siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los adultos? Debe ser fruto de la educación.” -Alejandro Dumas.

Nuestra constitución hace presente su voz aquí: “La educación se basará en el respeto irrestricto de la dignidad de las personas, con un enfoque de derechos humanos y de igualdad sustantiva. Tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano y fomentará en él, a la vez, el amor a la Patria, el respeto a todos los derechos, las libertades, la cultura de paz y la conciencia de la solidaridad internacional, en la independencia y en la justicia; promoverá la honestidad, los valores y la mejora continua del proceso de enseñanza aprendizaje.”  (Párrafo cuarto del tercer artículo de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos)

¿Qué es lo que ocurre cuando una mente sin previo conocimiento de su propia naturaleza es guiada a un sendero, encaminada a una finalidad y respaldada hasta el día que muere? El padre del condicionamiento tiene una respuesta; Skinner formuló aquel artefacto que a pesar de la posible simpleza que transmite en algunos, es la manera más eficaz de encontrarnos con la certeza que el sistema educativo ha negado por años, y a pesar de eso, sigue utilizando.

La caja de Skinner, fue un experimento donde se colocaban ratones dentro de una jaula; y ahí dentro, se esperaba un lapso de tiempo que pudiera regalar una pauta acerca del hambre que el ratón podía padecer, después, se colocaba dentro una campana, que significaba un nuevo integrante al mundo del ratón. En algún momento del experimento, el ratón tocó aquel instrumento, y concatenado a su acción, la reacción de Skinner fue depositar un poco de comida dentro de la jaula. Aunque las primeras ocasiones fueron quizá un accidente para el ratón, que se reforzaba con lo que Skinner reconocía como “reforzador positivo” (el alimento), lo cierto es que después de un cierto número de repeticiones, el ratón logró asimilar que lo que sea que tuviera esa campana, lograba alimentarlo cada vez que la tocaba. Así entonces, cada vez que el ratón comenzaba a sentir hambre, tocaba la campana.

Skinner descubrió lo similar que era nuestra conducta con la conducta de esta rata; trabaja mucho y tendrás mucho dinero, respeta las leyes y no irás a la cárcel, cuídate y no morirás.

Aunque a simple vista podría no significar mucho un sistema que trata de explicarle a la sociedad cómo debe funcionar a través de recompensas y castigos; e incluso intentando verlo de la manera más cínica y objetiva, hasta es eficaz. Sin embargo, la realidad es que tiene un gran defecto.

A diferencia de aquella rata, los seres humanos somos capaces de entender para qué funciona la campana, y más de alguno incluso podría haber descubierto que la recompensa alimenticia era realmente fruto de cumplir las expectativas de un científico que trataba de entender el comportamiento: cuando nosotros conseguíamos satisfacer la necesidad de alguien más, él satisfacía la nuestra. Al igual que todo ser en este mundo, nuestro desarrollo pasa por distintas etapas, cada una con una complejidad distinta a la otra; entonces ¿qué pasa si es a los más jóvenes a los que les enseñamos a actuar como las ratas del experimento de Skinner?

Podemos partir desde la pauta que Carl Gustav Jung nos dejó amablemente: todo niño crece con una gran influencia de sus padres, cargando sus virtudes y principalmente sus frustraciones y debilidades. Y es que este es un evento cíclico, quien no busque algo en esta vida, no merece que se le recompense, por lo tanto vive frustrado y creyéndose poco merecedor de la vida, con el tiempo conseguirá reproducirse, casi por instinto, y después, todo seguirá con su respectivo hijo, que con algo de suerte habrá conseguido a una mamá no tan frustrada, lo que podría facilitarle un poco más de tiempo para saltar de la banda corredora antes de percatarse del inminente vacío que le depara justo detrás. Aunque la experiencia nos ha demostrado que hay casos de éxito donde el ser humano (por su propia libertad y potencialidad) rompe con esta cadena de fracasos, no todos tienen esa construcción interna que les permita salir avantes de su historia personal y familiar.

Entonces, ¿cómo podemos romper este sinfín de derrotas humanas? Un elemento fundamental será permitir que la educación deje de ser simplemente la enseñanza de la verdad absoluta, y se convierta más bien en un medio eficaz para reconocer la verdad; pero no solamente la verdad, sino también formar la posibilidad de dilucidar todas aquellas mentiras que se transmiten de generación en generación y nos venden como verdades.

Para nadie es desconocido que buscar la verdad puede no ser una tarea sencilla, de hecho, algunos podrían reconocerla como imposible; sin embargo, saberse conocedor de nuestro propio desconocimiento, nos vuelve más conocedores que aquellos que creen saberlo todo, o como diría Sócrates “solo sé que no sé nada”. 

Y cierto es que la estructura actual del país, tiene como uno de sus cimientos la errónea idea de que todo es negro o blanco, bueno o malo, práctico o inútil. Pero la realidad es mucho más compleja; y muchas veces, “el afán de certeza y la búsqueda de la verdad se excluyen” (Xavier Rubert de Ventos, 2004). En efecto, la verdad se aleja cada vez más de lo que creemos comprender, porque no importa como decidas llamarle al universo, siempre será lo que es, incluso si todos en el mundo decidimos llamarle de otra forma, cambiamos o eliminamos todos los libros que nos contradigan, incluso si asesinamos a todos y cada uno de los que creen que no y tiempo después, logramos convencer a todos de que el universo no es el universo, la realidad es que siempre será, incluso si nosotros queremos lo contrario. Esto es algo que deberíamos haber aprendido después de los experimentos totalitarios del siglo XX, pero tal parece que está más enraizado que nunca en el sistema educativo actual. 

Entonces, ¿qué hacemos? Si no podemos inclinarnos a ninguno de los dos lados, ¿qué cosa podría mantenernos justo al centro? Justamente, la sencillez del criterio propio. Aprender a cuestionarlo todo, no con afán de convertirnos en revolucionarios totales que no creen en nada de lo que sus antepasados dejaron para ellos, sino más bien con la intención de no dejarnos persuadir por cualquier idea que parezca hermosa sobre un pedazo de papel, que parezca fuerte y con mucha seriedad solo porque alguien utiliza un megáfono para exponerla delante de una manifestación; aprender que incluso después de usar la conciencia crítica, la lógica y toda aquella herramienta que nos puedan aportar en la búsqueda de la verdad, no dejamos de ser humanos, que se pueden equivocar.

Y así como nosotros nos equivocamos, otros también pueden hacerlo; por lo que es necesario fomentar el respeto, la paz y la armonía sin necesidad de una completa sintonía, encontrar ese punto medio que permita que toda idea sea perfectamente analizada, o por lo menos, cuestionada.

Nuestro principal reto es liberar a las escuelas de las ideologías: si un niño crece aprendiendo que cada vez que algo no sale bien, tendrá que gritar y protestar, presentar una revolución total para el cambio, entonces él creerá absolutamente en lo que hace, en lo que piensa. Sin embargo, si por otro lado, enseñamos a un niño a no tolerar las nuevas ideas, a resguardarse en una zona de confort de no cuestionar ni proponerse nada que sea diferente a lo que creció conociendo, él también creerá absolutamente en lo que hace, en lo que piensa.

El problema no llegará cuando descubran quiénes son, el problema llegará cuando aparezca alguien que sea totalmente contrario, un polo opuesto que mucho antes que proponer un centro, estallará una guerra ideológica que muy probablemente no tocará las armas, pero sí provocará que el crecimiento social sea cada vez más difícil, más inalcanzable. Tristemente, en el México actual pareciera que ésta es la situación que vivimos con la educación.

La principal propuesta es promover el criterio personal de cada individuo, dejando de lado toda aquella ideología que pueda afectar en la búsqueda personal del estudiante por aprender y entender la vida como algo que se puede analizar, criticar y entender, algo que se debe querer, respetar y cuidar.

Lo que ocurrió, lo que nos contaminó, lo que nos afectó, no tiene razones para simbolizar un desastre total en la actualidad, tiene razones para enseñarnos, para cuidarnos y defendernos, demostrarnos que lo que viene a continuación, puede ser perfecto. Una generación, una sola generación lo cambia todo, porque “El pasado siempre está tenso, pero el futuro es perfecto” – Zadie Smith

Edición: Francisco Macías

Imagen: Red Historia

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