Por Alejandro Parada (Opinión invitada)

Al terminar de leer el “Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024” es más que claro para mí que este documento se hizo para “salir del paso”. Desde la tipografía de la portada, (una de las básicas del paquete de office), hasta su extensión (60 páginas sin índice y portada) y contenido demuestran cualquier cosa menos un Plan.

Antes que ideológico, un plan debe ser estratégico. Es decir, exponer las bases de lo que tendríamos que hacer hoy para llegar a un futuro establecido y deseado para todos. Por esto mismo debe partir de un diagnóstico lo más claro posible de la realidad; si el diagnóstico no es riguroso, las acciones derivadas irán a todos lados menos al objetivo esperado. 

Buscando en el documento no se pueden encontrar (salvo las continuas referencias a la larga noche neoliberal) datos duros, demostrables, gráficos. Lo que sí existe es una continua descalificación de los mismos por ser utilizados como “un fin” en gobiernos anteriores. 

Lo cierto es que, sin ser un fin en sí mismos, los datos duros de medición son los indicadores que cualquier proceso necesita para saber si la trayectoria promete llegar a la meta. Es el insumo que se necesita para ajustar el plan a las nuevas y cambiantes condiciones de cualquier entorno, sea político, económico o social.

Un análisis importante cuando se trata de planear es sobre las fortalezas y debilidades (internas) así como las oportunidades y amenazas (externas). El resultado de lo anterior nos hará conocer el terreno donde estamos parados así como pistas para establecer tanto el camino a seguir como los mecanismos para la administración de riesgos (si se materializan) y el aprovechamiento de las oportunidades que se puedan presentar. 

Cimentado en la gran fortaleza que recibió en las urnas, el nuevo gobierno basa enteramente su diagnóstico en la corrupción y en la descalificación de 36 años de gobiernos anteriores. Y entonces… ¿nada está bien?  ¿No hay nada rescatable en el gran acervo de gobierno de este país que brinde oportunidad de construir sobre ello? ¿Qué oportunidades tienen de aprovecharlo?

Si el reto de todo gobierno es crear las condiciones para el desarrollo de cualquier persona hasta donde cada quien decida, el reto del plan debería ser instrumentar las acciones y la medición puntual de sus resultados para saber si lo estamos logrando. Sin embargo saber qué medir y si eso asegura el logro de objetivos es el verdadero reto. 

Las acciones propuestas por el documento confunden la medición de resultados con la medición de popularidad del gobernante en turno y  el análisis y acopio de información clave para toma de decisiones, con la consulta a los pueblos indígenas u originarios sobre temas de índole técnica y nacional. 

En los hechos, la retroalimentación se desprecia, cuando es indispensable tenerla como instrumento institucionalizado, y por el contrario se actúa sin verificar, errando un día sí y el otro también. 

No, este “plan” no es un plan, es sólo una expresión de cualquiera de las conferencias mañaneras con las que el ejecutivo “tira línea” de lo que quiere que se hable pero que está desconectada de lo que realmente necesita el país y su gente. Es un dictado sacado para salir del paso y cumplir si acaso con lo que la Ley de Planeación dispone sobe la existencia de un documento rector.

La evidente falta de sustancia del documento desde el punto de vista estratégico parece ser consecuencia de la visión omnímoda y soberbia del líder que muestra ya y cada vez con más claridad, tintes autocráticos.