por Juan Orona

La República Mexicana no es producto de la casualidad. Además de los factores culturales que han moldeado su identidad como nación a través de los años, su democratización y el desarrollo de un auténtico Estado de Derecho son fruto de largos periodos de lucha armada, los cuales, con sus vicios y virtudes, incuestionablemente han transformado al país en lo que es hoy. La Guerra de Independencia enfrentó a realistas contra insurgentes y resultó en el nacimiento del México independiente, las Guerras de Reforma enfrentaron a liberales contra conservadores y resultó, entre otras cosas, en la separación de la Iglesia y del Estado, y la Revolución enfrentó a distintas facciones, poniendo fin al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz y resultando en varios cambios sociales plasmados en la Constitución de 1917. Más de un siglo después, el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) propone una “cuarta transformación,” en la que la coalición “Juntos Haremos Historia”, encabezada por el partido Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), buscará enfrentarse a los vestigios del presidencialismo mexicano para comenzar una nueva era marcada por la austeridad política y la intolerancia a la corrupción en amplios términos.

La Cuarta Transformación de AMLO fue un concepto recurrente durante su campaña presidencial y el nombre de la coalición de partidos políticos que garantizó su triunfo electoral claramente denota su pretensión de aprovechar el momento en el que se encuentra el país para producir una afectación lo suficientemente profunda para acabar con sus más grandes males y alcanzar la relevancia histórica. A diferencia del proceso dialéctico letal y prolongado de las anteriores transformaciones del país, la Cuarta Transformación promete ser “ordenada, pero profunda y radical,” en palabras del propio AMLO. Es decir, buscará ser un movimiento pacífico de reconciliación en el que incluso se definirán nuevos modelos de conducta (una “Constitución Moral”) para guiar a los mexicanos en el proceso regenerativo. Dichas aspiraciones resultan loables, pero la situación de violencia actual en el país, la falta de propuestas concretas o viables de la nueva administración, las cuestionables decisiones de AMLO durante el primer mes de su mandato, y sus constantes discursos divisivos y llamados al antagonismo de sus opositores, hacen que sea más justificable el adoptar una postura escéptica que una optimista en el presente caso.

De ser posible (y auténtica), una ambición de la magnitud propuesta por la Cuarta Transformación no puede ser juzgada sino por la historia en retrospectiva y no con los aires proféticos que han contribuido a consolidar a AMLO como una figura mesiánica en la percepción popular.  Atribuir anticipadamente a un movimiento político los mismos efectos transformadores de las guerras de Independencia, de Reforma y la Revolución, es la ambición pretensiosa de una figura que, aunque moldeada por la experiencia de derrotas pasadas y con una nueva imagen fabricada en base a ellas, demuestra ser la misma que mandaba “al diablo” las instituciones mexicanas y deambulaba con una banda presidencial ilegítima en un Paseo de la Reforma tomado por sus simpatizantes en 2006.

            Asimismo, posicionar al movimiento de AMLO en el cuarto sitio de las transformaciones que ha atravesado el país implica desconocer o destituir de su relevancia histórica a otros movimientos que igualmente moldearon a México, tal como lo fueron la Guerra Cristera, la cual, aunque un capítulo doloroso para el gobierno federal, contribuyó a frenar futuros abusos a la libertad de expresión y de culto, o como la industrialización paulatina del país durante el siglo XX, que, aunque no ligada a un evento único marcado por el antagonismo de distintas facciones, introdujo al país a una nueva etapa de prosperidad y desarrollo económico sin precedentes. No se puede descartar o vanagloriar a su antojo los acontecimientos históricos que dan vida al país. El pueblo eligió el curso de acción propuesto por AMLO, cuyo mandato sin duda traerá consecuencias que se extenderán en el tiempo más allá del sexenio que le corresponde, pero pretender conocer el devenir histórico y dotar de la misma grandeza del pasado a un presente que a lo sumo puede considerarse estable resulta arrogancia pura. La relevancia histórica es, en la mayoría de los casos, imprevisible; puede llegar en la forma de humilde reconocimiento siglos después del tiempo de los protagonistas de los acontecimientos, o bien, en algunos casos, quienes la alcanzan pueden llegar a ver los frutos de su esfuerzo en vida, pero lo cierto es que siempre se requiere de acciones concretas y eso es algo que ningún número de calificativos autoasignados e invocaciones a figuras heroicas puede cambiar. Tal como Edmundo Dantés expresó en su carta a Maximiliano Morrel, debemos estar conscientes de que “hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!”

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