Porfirio Díaz, Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Doroteo Arango — mejor conocido como Francisco Villa—, Emiliano Zapata, José María Morelos y Pavón, son los nombres de auténticos caudillos mexicanos.

            En toda la historia de México, desde la conquista de los españoles hasta el día de hoy, han existido infinidad de caudillos o héroes del pueblo que han llevado a la sociedad mexicana a realizar toda clase de odiseas, tales como la Guerra de Independencia, la Revolución Mexicana, la Guerra Cristera y, quizá accidentalmente, todos los fenómenos o disturbios que han generado cualquier suerte de cambio en el pueblo mexicano de determinada época.

            Ahora bien, la Real Academia Española refiere tres acepciones de la palabra caudillo: (i) Jefe absoluto de un ejército; (ii) hombre que encabeza algún grupo, comunidad o cuerpo; y (iii) dictador político. En este sentido, para la mejor comprensión del lector, habré de malear un poco estas definiciones para que se ajusten a los factores de la realidad actual.

            En México se viven fenómenos como la impunidad, la desigualdad, la corrupción, la inseguridad y el nepotismo, entre otros. En ocasiones nos hacen creer que es necesario el surgimiento de líderes —o caudillos, en este caso— para el combate de estos problemas. Sin embargo, en la opinión de un servidor, a pesar de estas apariencias, lo importante no es el surgimiento desmedido de estos líderes, sino el respeto y seguimiento de los existentes, mientras se promueve un visión crítica con a partir de la cual pueda juzgárseles. A su vez, es favorable el enaltecimiento de las instituciones a las cuales representan y las reglas que sustentan su actuar.

          Lo anterior, debido a que al ser factores reales del poder, el surgimiento desmedido de estos caudillos —quienes en la mayoría de las ocasiones ponen sus intereses antes que los de su causa—, únicamente entorpecería de manera innecesaria la organización y funcionamiento del Estado, de modo que repercutiría así en la misma sociedad civil y consecuentemente en el desarrollo del país en su totalidad.

            Tal es el caso de México y las candidaturas independientes, con las cuales se busca hacer equitativa la distribución de las facultades del Estado a personas que son deshonestas con sus intenciones o carecen de preparación para ejecutar sus obligaciones.

            Por otra parte, si bien todos somos iguales y por lo tanto todos tenemos la posibilidad de votar y ser votados en representación de un partido político o no, es necesario procurar el bien común, tener clara cuáles son nuestras fortalezas y debilidades para no aventurarse irresponsablemente a la transformación de uno mismo al caudillismo.

            Cabe destacar que mediante el argumento anterior no pretendo pasar por desapercibidas las bondades de las candidaturas independientes. No obstante, me parece indispensable plantear la pregunta de qué tan sensato es permitir el surgimiento de líderes que en la mayoría de las ocasiones más que guiarnos a todos a una meta común, nos distancian de lo verdaderamente significativo.

            Por último, sin la intención de desalentar las candidaturas independientes y mucho menos de evitar el surgimiento de nuevos líderes, escribo este texto en aras de demostrar que históricamente el caudillismo ha estado presente en México y que nos encontramos frente a una nueva época de caudillos. Tan sólo aliento al cuestionamiento del surgimiento y seguimiento de estas figuras, para evitar el perjuicio de las instituciones que han visto crecer a México.

J. Joaquín Ruiz Orozco

(Edición: J. Francisco Macías C.)