El gran problema es participar democráticamente sin caer en los extremos del pragmatismo y el idealismo

El espectro de la acción política es amplio y complejo. No puede perderse de vista que la política está intrínsecamente relacionada con el acceso al poder y su ejercicio para la búsqueda del bien común. Y en esta dinámica, los matices son marcados por los planteamientos ideológicos de cada plataforma política, pues éstos son los que determinan los métodos y caminos para conseguir el objetivo.

Antes de entrar en cualquier disertación sobre la referida acción política, es necesario aclarar que debe estar fuera de discusión el concepto de bien común, así como su centralidad como fin de la política. Si se carece de consenso en estos puntos, difícilmente una sociedad podrá desarrollarse de forma armónica, pues los organismos políticos estarán pervertidos. En efecto, si un partido concibe el poder como el fin último de la política, el servicio público pasará a segundo plano; y si el concepto de bien común no es uniforme, la acción estará desorientada.

En este orden de ideas, es recomendable tomar como base la definición de bien común propuesta por Luis Recasens Siches, ya que condensa la tradición filosófica en que la tradición jurídico-política mexicana está incrustada: “debemos interpretar el bien común como la suma de la mayor cantidad posible de bien para el mayor número posible de individuos —idealmente el desiderátum sería para todos—, y, además, como el conjunto de condiciones objetivas que hagan posible la realización de los fines de la persona, y la obtención de aquella máxima realización de los bienes individuales.” (Recasens, 2008).

Si tomamos esto a consideración, el gran problema es participar democráticamente sin caer en los extremos del pragmatismo y el idealismo. Por un lado, tener una irrealizable convicción doctrinal sobre lo que se quiere en el ámbito público puede llevar a que la participación se oriente como un mero testimonio. No se tiene verdadero ánimo de triunfo para acceder al poder, sino simplemente para incluirse en el debate y presentar una postura irreal. Por el contrario, considerar que las ideas no son importantes resulta en que no exista un proyecto serio de bien común, que el poder sea la única finalidad sin importar qué o a quién se lleve en el camino.

El oficio de la política es efectivamente peligroso, no sólo porque es imposible mantener a todas las personas interesadas felices, sino porque es un equilibrio complejo. Es necesario buscar que las ideas se apliquen, pero también se debe ser realista para conseguir poco a poco los avances graduales que mejoren la vida de todos, especialmente de aquellos quienes más sufren en las sociedades del siglo XXI. Como dirían algunos en otras latitudes: es preciso un realismo que no implique renuncia al ideal de un país mejor.

J. Francisco Macías C.

(Edición: Frida F. Ahumada L.)

Referencias

RECASENS SICHES, Luis, Filosofía del derecho, México D.F., Porrúa, 2008, 597.