El problema final es que el escenario político se vacía de contenido ideológico, y el servicio público corre peligro de convertirse en un ejercicio sin lógica interna.

Uno de los elementos que se incluyeron en el caldo de cultivo para el periodo político del 2018, es la existencia de coaliciones serias. Claro, los partidos ya habían participado en forma de coalición desde hace años (por ejemplo, PRI-PVEM); pero en las elecciones presidenciales nunca se habían consolidado por partidos políticos nacionales de gran envergadura. Desde antes de 2018, el Congreso de la Unión comenzó a trabajar esta posibilidad: las reformas constitucionales del año 2014 añadieron incluso algunas de las reglas de operación de las coaliciones —como la elección del Secretario de Hacienda, según el artículo 74, fracción III—.

            Este tema deja mucho que pensar alrededor de la siguiente pregunta: ¿es válido desde el punto de vista político (no sólo legal) que los partidos formen alianzas?

            De inicio, la crítica más fuerte a los partidos en la actualidad es el abandono de sus planteamientos doctrinales fundamentales. Ahora hay partidos de “derecha” que promueven el populismo y la intervención indiscriminada del Estado, mientras los partidos de “izquierda” votan por privatizar empresas estatales. Lamentablemente, si en el panorama mexicano no han existido grupos ideológicos plenamente marcados, el siglo XXI ha llevado a lo que parece es la desaparición total de las convicciones en las plataformas políticas.

            En este contexto, si no hay valores en política, ¿qué será lo que suscite una coalición? Claramente no será la consecución de los objetivos planteados, sino una visión pragmática de la realidad. En lugar de la consecución del proyecto de nación, la pregunta parece ser: ¿cómo consigo el cargo público que implique mayor factor de decisión? Y así, el poder —en lugar de ser un medio—, se transforma en un fin en sí mismo, lo cual termina por tergiversar y pervertir la función pública.

            Una de las defensas que usualmente se esgrimen para estas coaliciones pragmáticas, es la existencia de supuestos acuerdos en lo fundamental. Esta podría parecer una justificación válida, pero se pierde de vista que, teóricamente, este consenso ya debería existir: ¿qué no los partidos políticos tendrían que estar de acuerdo en la búsqueda del bien común? En esencia, lo diferente entre los partidos no deberían ser las cuestiones fundamentales, sino las metodologías para alcanzarlas.

            Además, este tipo de perspectivas pareciera que nos llevan de igual forma al crecimiento de los candidatos independientes, pues ya no importa el trasfondo ideológico o la agenda que éste conlleva, sino simplemente conseguir una clase política fresca y pragmática que, aparentemente, no sea corrupta. El problema final es que el escenario político se vacía de contenido ideológico, y el servicio público corre peligro de convertirse en un ejercicio sin lógica interna. Así, quien pierde es la comunidad en general en su búsqueda por el bien común.

            Tomando en cuenta la reflexión anterior, pareciera que estamos negando la posibilidad de las coaliciones entre partidos políticos; pero en realidad estamos llamando la atención sobre la falta de convicciones reales en este escenario. Naturalmente, formar alianzas es una gran herramienta en todos los entornos; sin embargo, el problema fundamental es cuando se usan sólo para llegar al poder en lugar de para lograr el bien común. Y mientras las entidades políticas de México no den señales de una conversión en este sentido, no parece que las coaliciones vayan a ser un mecanismo eficaz de democracia y servicio público.

J. Francisco Macías C.

(Edición: Frida F. Ahumada L.)

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