Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo, anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre— que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto a detener la muerte con la sangre de sus manos y de sus lágrimas; con la conciencia de que el otro soy yo, yo soy el otro, y tu dolor, mi prójimo lejano, es mi más hondo sufrimiento

“Las ruinas de México”, José Emilio Pacheco.

     Jamás he sido aficionada de atribuir causas pretenciosas a desastres naturales, contra los cuales tenemos una casi nula capacidad de combatir. Y aún así, en mi firme resistencia para evitar precipitarme, recuerdo cómo el pasado 15 de septiembre por todos lados, en las conversaciones casuales y de pasillo, en numerosos artículos y en cada actualización de las redes sociales, se cuestionaba si México tenía algo que celebrar después de todo. Hicieron la pregunta, unos días después tendrían la respuesta.

     En una extraña coincidencia, el 19 de septiembre de 2017 a las 13:14 horas en la Ciudad de México, Morelos y Puebla, pasaría a convertirse en la evocación más real y terrible del evento ocurrido el mismo día, pero en 1985. Un sismo de magnitud 7.1 en la escala de Richter, azotaría estas tres entidades, con el epicentro localizado a doce kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos. Momentos más tarde, los medios de comunicación se inundarían de mensajes de último minuto y conexiones en directo; en las redes sociales se esparciría el miedo. No cabía duda, dos sentimientos se apoderaban del país: el pánico y la sed de información.

Los mexicanos se convirtieron en la fuerza solidaria más importante, una fuerza que en su ausencia sería imposible imaginar cómo se habría enfrentado el conflicto.

     Para atacar ambos, participaron tres agentes según sus capacidades y facultades: el Estado, los medios de comunicación masiva y por supuesto, la sociedad civil. El Estado debía proveer de emergencia el capital humano y técnico para mantener el orden, rescatar a cualquier persona que estuviese atrapada bajo los escombros y realizar un informe sobre los edificios dañados así como ofertas de posada a los perjudicados. Los medios serían el puente de información entre el lugar del siniestro y el resto de la república. Finalmente, la sociedad civil, en su virtuosa función de complementar las labores del Estado, y con la irremplazable ventaja de estar en la misma sociedad, pertenecer a ella y por lo mismo, conocerla, hizo lo que todos esperábamos de ella, por más desilusionados que estuviésemos anteriormente.

     Como rezaba un título de Los Angeles Times, Los mexicanos no están contando con el gobierno para rescatarlos. Se están salvando ellos mismos. Cuánta razón. Los mexicanos se convirtieron en la fuerza solidaria más importante, una fuerza que en su ausencia sería imposible imaginar cómo se habría enfrentado el conflicto.

   El primer esfuerzo, el más evidente quizá, ocurrió en los mismos lugares de la catástrofe. Miles de ciudadanos, sin esperar instrucciones de nadie, se movilizaron para remover escombros en interminables cadenas humanas, voluntarios estuvieron atentos a las necesidades de los rescatistas para procurar el menor número de muertes —hasta ayer eran 377, en el sismo del 85 fueron alrededor de 40 mil—, por toda la ciudad se montaban cientos de centros de acopio y albergues, los restaurantes regalaban comida día y noche a los voluntarios, otros abrían sus redes de internet para facilitar la comunicación entre los afectados y sus familiares. En un movimiento más organizado, se concentraron médicos y estudiantes de medicina para atender a los heridos; abogados y estudiantes de Derecho ofrecían consejo jurídico a quienes habían perdido todo. Algunos se volvieron la personificación de la solidaridad mexicana, como el hombre de la tercera edad quien cargaba cajas de la Cruz Roja para llevarlas a su destino, el joven en silla de ruedas que removía escombros sin descansar y la mujer anciana que se acercaba a un centro de acopio para donar lo poco que podía después de la tragedia.

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Fotografía de Pedro Mera

     Las barreras que desde tiempo atrás nos separaban, por fin se disolvieron. El pobre y el rico, el profesional y el estudiante, el cristiano y el ateo, todos ofrecían sus manos desnudas por una misma causa.

     Fue así, como sucedió en 1985, que la sociedad civil tomó la ciudad e hizo vibrar al país entero. La buena cara de la historia se repetía y cómo no habría de repetirse cuando un pueblo como el nuestro, en el proceso de crear conciencia de su responsabilidad social y a la vez colmado de buena voluntad, está esperando florecer.

     Si bien muchos de los involucrados no sufrieron el terremoto del 85 y quizá desconocían la cobardía del entonces gobierno de Miguel de la Madrid, nadie tuvo que contárselos para saber que no precisaban del Estado para iniciar las labores de rescate. La tragedia llama por sí sola a la organización, a la unión, a la solidaridad —la subsidiaridad tendría que responder eventualmente—, al incansable apoyo físico y emocional. No se trataba de un tema administrativo o burocrático, era un tema de humanidad.

     Este fenómeno habría de extenderse a lo ancho y largo de la república, el dolor era nacional y pronto se organizaron maneras de hacer llegar la ayuda a los damnificados. Toneladas de víveres y equipos médicos fueron transportados hasta las zonas afectadas, en su paso congestionaban las carreteras y en los centros de ayuda pedían la retirada de personas porque había ya tantas manos trabajando que estaban por reventar de llenos. ¿Cuándo hemos escuchado algo así?

     Estos canales permitían al mexicano ajeno a la catástrofe —ajeno físicamente, tan sólo—, volverse un agente activo para la cicatrización del sufrimiento de sus compatriotas, y con el corazón abatido, México entero se hizo responsable de que la ayuda llegara, fuese ésta con donaciones en especie o monetarias.

     Sería injusto y errado concluir este escrito sin mencionar el gran trabajo de la sociedad civil ejercido a través de las redes sociales, de las cuales se carecía durante el terremoto del 85. Facebook y Twitter sirvieron como las plataformas principales para cumplir con cinco propósitos: (1) informar rápidamente sobre los sucesos, (2) dar guías concretas de la ubicación y las necesidades de los centros de acopio, (3) reportar personas perdidas y encontradas, (4) ofrecer reflexiones y mensajes de ánimo, y como no podía faltar, (5) denunciar la negligencia y corrupción del Estado.

     Dejemos de lado la información falsa que se compartió, sabemos que para todo lo bueno existe una manera de desvirtuarlo —como lo ha hecho Graco Ramírez con la detención de donaciones, como se hizo con el caso de Frida Sofía en el Colegio Enrique Rébsamen, como las notas de voz compartidas por grupos de whatsapp en las que se aseguraba la demolición de los edificios aún con personas debajo—. Sí, se cometieron errores, pero cabe destacar cómo los mexicanos, en carencia de fuentes de información en las que confíen verdaderamente y en imitación a sus labores rescatistas independientes del Estado, han optado por confiar en sí mismos.

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Fotografía de Pedro Mera

     Con estos no pretendo enemistar a la sociedad civil con las instituciones, ya que la unión de las fuerzas es siempre mejor que la disociación de las mismas. Sin embargo, creo preciso señalar que la colaboración de los ciudadanos en redes sociales fue una pieza clave para fortalecer y concretar la ayuda, de carácter nacional e internacional. Y en ocasiones, la creación de conciencia, la responsable difusión de información y la posterior exigencia de rendimiento de cuentas, son el mejor tipo de ayuda que podemos ofrecer.

     Es así como la sociedad civil actual, caracterizada por su inherente pusilanimidad, recogió lo que la sociedad civil del 85 había sembrado, como un gigante que finalmente despierta, como un hijo que rinde honores al padre, como una sociedad que por fin actúa y coopera como su naturaleza lo demanda.

     A mí, que jamás me han faltado motivos para gritar ¡Viva, México!, puesto que siempre he creído que la grandeza de esta bella nación está por encima de sus políticos y sus crímenes, y es algo que ni ellos pueden destruir; pregunto a todos los desanimados del 15 de septiembre, ¿ahora sí les alcanza para regocijarse en la suerte de pertenecer —y construir— a un pueblo tan humano y solidario como el nuestro?

Frida Fernanda Ahumada Loza


 

Referencias

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Linthicum, K. & Tillman, L.. (2017). Mexicans aren’t counting on the government to rescue them. They’re saving themselves.. septiembre 27, 2017, de Los Angeles Times Sitio web: http://www.latimes.com/world/ mexico-americas/la-fg-mexico-earthquake-heroes-20170921-story.html

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Revista Proceso. (2017). “Las ruinas de México”, los poemas de José Emilio Pachecho sobre el sismo del 85. septiembre 27, 2017, de México desconocido Sitio web: https://www.mexicodesconocido.com.mx/las- ruinas-de-mexico-los-poemas-de-jose-emilio-pacheco-sobre-el-sismo-en-mexico-85.html

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Milenio. (2017). ¿Cuántos muertos causó el terremoto del 1985?. septiembre 27, 2017, de Milenio Sitio web: http://www.milenio.com/cultura/terremoto-mexico-1985-muertos-cuantos-numero-milenio- noticias_0_1032497059.html