¿Para qué elegimos presidentes, diputados, senadores, y gobernadores? ¿México es simplemente una monarquía rotativa, cuya cabeza es elegida después de un concurso de popularidad y que sólo responde al bienestar de algunos? Después de más de doscientos años de vida independiente, aunque la práctica diga lo contrario, para todos es claro que este no es el “deber-ser”.

En el mundo siempre habrán de existir políticos (o cuando menos, no parece que vayan a desaparecer pronto), todos ellos con diversos intereses personales, filias, fobias e ideologías; pero esto no los exime de su obligación, a veces tan olvidada, de buscar el bien común.

Es indudable que la finalidad primordial del Estado es el bien común, es decir, el establecimiento de condiciones que propicien el mayor desarrollo de todas las personas que conforman la sociedad. Por lo mismo, la gestión pública no podría tener ningún otro objetivo, y encaminarla a la protección de intereses particulares es pervertir su razón de ser.

Es claro que los funcionarios públicos electos, desde que son candidatos, se presentan siempre gravemente preocupados por los problemas públicos (aunque a veces prueben su mentira cuando ocupan el cargo). Nunca se ha escuchado persona alguna que, pretendiendo un puesto de elección, explique detalladamente cómo va a servirse del poder para mejorar su posición y la de sus allegados; al contrario: todos explican cómo van a conseguir mejorar el país para todos. Claro, estas propuestas están de la mano de las ideologías que los postulan, y ven el bien común en puntos muy específicos de la realidad: unos hablan de desarrollo económico y educación, otros de seguridad, y algunos más de ideología de género.

A pesar que los planteamientos ideológicos puedan sonar como la solución a todos los problemas, más bien resultan simples vehículos de los intereses personales, reflejos de filias y fobias. Las izquierdas y las derechas no son más que visiones incompletas de un espectro mucho más complejo que requiere atención integral de parte de toda la sociedad.

La pregunta fundamental en este punto es: ¿cómo podemos lograr que el gobierno consiga el verdadero bien común, alejándose de los intereses personales y las ideologías perversas (sean de izquierdas o derechas)? Un primer paso, es la participación consciente de la sociedad en los temas públicos; pues sólo podremos saber qué requiere la comunidad si ésta se expresa de manera ordenada, madura y concreta. Por otro lado, el segundo paso (que pareciera ser más complicado) es el fortalecimiento de las instituciones de la nación, de manera que éstas sean guiadas por los datos puros y duros que complementen la expresión del pueblo.

En el mundo siempre habrán de existir políticos (o cuando menos, no parece que vayan a desaparecer pronto), todos ellos con diversos intereses personales, filias, fobias e ideologías; pero esto no los exime de su obligación, a veces tan olvidada, de buscar el bien común. Por lo mismo, a la sociedad civil corresponde seguir pensando (y actuando) para vigilar que esto se cumpla: que los funcionarios cumplan con sus obligaciones, o que la nación se lo demande.

J. Francisco Macías C.