La enseñanza de la religión no es algo que deba antagonizarse, sino que debe ser visto como un signo de amor parental.

Mucho se ha hablado sobre la labor pedagógica de la familia como primera escuela, en ella los padres asumen deberes de crianza y salvaguarda de los hijos para su apropiada inserción dentro de una comunidad. La enorme influencia que los padres ejercen sobre sus hijos desde una temprana edad es indudable y casi invariablemente sus personalidades resultan moldeadas por las enseñanzas y comportamientos de sus progenitores. De tal forma, es natural que en muchos casos los hijos se conviertan en un reflejo de los padres, adquiriendo de manera inconsciente algunos de sus hábitos, absorbiendo rasgos de su personalidad, y en algunas ocasiones repitiendo viejos patrones de conducta. Siendo así, la responsabilidad de los padres no se limita únicamente a la procreación, sino que también implica un deber de erigirse como apoyo y modelo de virtud frente a sus hijos.

En tal orden de ideas, los padres que asumen dicha responsabilidad lógicamente desean transmitir a sus hijos todo aquello que según su experiencia les conducirá a una felicidad plena y les apartará de lo que pueda afectarles. Fruto del legado de sabiduría empírica de los padres se encuentra la enseñanza de la religión en el hogar. Además de su aspecto teológico, la religión responde a aspectos culturales e históricos que durante siglos han formado el modo de ser de un pueblo en particular, por lo que su transmisión de generación en generación se vuelve una práctica tradicional e incluso natural. La religión, desde muchos puntos de vista, constituye un esquema axiológico que los padres consideran el más apropiado para fundamentar las enseñanzas dentro de su hogar y al cual confiar los intereses espirituales de sus hijos. Los hijos nacidos en el seno de una familia religiosa, en la mayoría de los casos, crecerán instruidos en la misma fe.

Considerando la tendencia ideológica de los tiempos que corren, no resulta sorprendente que voces se pronuncien en contra de la instrucción religiosa dentro de la familia. Particularmente, cabe enfatizar el caso del biólogo y catedrático ateo Richard Dawkins, quien hace unos años afirmó que el “forzar” la religión en los hijos es una forma de abuso infantil y que en algunos casos puede resultar aún más traumático que el abuso sexual. Sin embargo, la enseñanza de la religión no es algo que deba antagonizarse, sino que debe ser visto como un signo de amor parental. Como cualquier doctrina, su transmisión debe estar temperada con un pensamiento crítico adecuadamente desarrollado. Una mente que no se encuentra ejercitada corre el riesgo de dejarse influenciar por cualquier estimulo externo, independientemente del fondo del mismo. La religión es fruto del cuestionamiento del hombre a su entorno y por lo tanto parte de su capacidad reflexiva. No existe daño real en pretender formar a los hijos bajo la misma fe de los padres, creerlo sería subestimarles. Aún así, es parte de la responsabilidad de los padres procurar los medios para que, cuando los hijos alcancen la madurez mental y emocional, puedan decidir si continuar por el sendero de su legado.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)

Imagen: Acompasando.org

Anuncios