La teoría moderna del “contrato social” por siglos ha sido la principal justificación de la existencia de la autoridad política y del orden social en Occidente. Fruto de su naturaleza social, el hombre hace a un lado su estado de libertad original para pasar a formar parte de la sociedad y esta, a cambio, otorga al individuo los beneficios de la vida en comunidad: interacción y protección. Bajo la visión contractualista, el hombre se encuentra constreñido a desempeñar un oficio que sea de utilidad para la sociedad, contribuyendo así al sostenimiento de la misma.

La doble dimensión de la ética profesional abarca deberes de actuar de acuerdo a un sistema externo de valores, así como de oponerse a aquellos actos que vayan en contra de un sistema interno.

Un oficio es, por tanto, algo natural al hombre y su presencia ha estado vinculada a su vida en todos los tiempos; desde los roles de contribución en las comunidades primitivas, hasta las profesiones modernas que implican años de preparación universitaria y se desarrollan en un entorno global. En una sociedad idónea, debe existir una congruencia de voluntades en la que se identifique a la actividad del hombre con el anhelo colectivo de la sociedad por bienestar común. Si bien el hombre es libre de escoger el oficio que mejor satisfaga las ambiciones de su proyecto de vida, su ejercicio debe necesariamente adecuarse a parámetros éticos que salvaguarden y sean acorde a un sistema de valores morales comunes.

Dichos parámetros fueron referidos por primera vez por Jeremy Bentham mediante el concepto de “ética profesional”, dentro de su obra “Deontología o la Ciencia de la Moral.” La ética profesional consiste en el conjunto de deberes y responsabilidades que el hombre asume frente a su conciencia y frente a ciertos estándares objetivos que se han recogido a través de los tiempos en códigos deontológicos, aplicables principalmente a profesiones tales como la abogacía, la clerecía, la medicina y la política. No obstante, el concepto se ha hecho extensivo a casi todas las profesiones en donde exista un deber de actuar y con especial énfasis a aquellos casos en donde una persona tiene personal a su cargo o puede afectar sus vidas directamente. En dicho sentido, no resulta sorprendente que los estudiantes de medicina en algunas culturas deban prestar el Juramento Hipocrático previo a poder recibirse, o el hecho de que en algunas de las entidades federativas de los Estados Unidos de América se requiera a los aspirantes a abogados aprobar un curso de responsabilidad profesional, estando el ejercicio de su profesión en todo momento sujeto al cumplimiento de las reglas de conducta que cada estado disponga y pudiendo ser suspendidos permanentemente en caso de caer en alguna violación a las mismas.

Hoy en día, casi todas las profesiones requieren que sus practicantes se adhieran a principios de honestidad, integridad, transparencia, respeto e integridad y confidencialidad. Lamentablemente, casos concretos de faltas a dichos deberes surgen todos los días en el escenario global y muchos de ellos han servido para delimitar más apropiadamente los parámetros de ética profesional a nivel mundial, así como para optimizar los sistemas de prevención y rendición de cuentas en el ámbito de los negocios.

La doble dimensión de la ética profesional abarca deberes de actuar de acuerdo a un sistema externo de valores, así como de oponerse a aquellos actos que vayan en contra de un sistema interno. Es decir, en caso de encontrarse frente a una injusticia, la propia conciencia es tan vinculante como cualquier código de conducta y compele a cada individuo a pronunciarse en contra. Una persona tiene el deber de cumplir con sus responsabilidades profesionales, pero también tiene la obligación moral de oponerse a actuar en casos en que sus valores se encuentren comprometidos (por ejemplo, un doctor que se niega a realizar un aborto o un oficial de registro civil que se niega a celebrar una unión homosexual). “Mea mihi conscientia pluris est quam omnium sermo” (“Mi conciencia es más importante que cualquier discurso”), sentenciaría Marco Tulio Cicecerón.

La objeción de conciencia puede ser, especialmente en los tiempos que corren, objeto de largas reflexiones, pero por ahora basta decir que el mundo se encuentra ávido de profesionales que sean ejemplo de integridad frente a los males que paralizan el desarrollo humano de todos los pueblos y cuyo ejercicio ético reiterado se convierta en una cultura global. Siendo la profesión una parte tan esencial de la vida humana, una práctica orientada por ética profesional es el medio apropiado para una sociedad realmente armónica, en la que uno pueda desarrollarse plenamente en un ambiente de respeto recíproco y en el que la competencia se encuentre sanamente temperada por políticas de honestidad y transparencia.

Autor: Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Gerardo León)