Después de crecer comiendo tacos y botanas picantes en una megalópolis de 20 millones de habitantes pasar a un país sin gran brillo en lo culinario y que en la ciudad más grande vivan poco más de 6 millones de personas tiene muchos pros y muchos contras. Ahora escribo desde Santiago de Chile pensando en dos de las preguntas más comunes que me hacen justo por ser mexicano: primero, ¿cómo son capaces de comer cosas tan picantes? Y segundo ¿cómo pueden tomar tequila? Ambas dicen relación con la asombrosa capacidad de “poker face” del mexicano ante un bocado realmente enchilado o ante el ardor de la garganta de un 100% agave. Octavio Paz no se equivocaba cuando decía que el mexicano porta una máscara, vive en una constante simulación en una obra de teatro que termina cuando uno se “raja”.

Tenemos que reaccionar, dejar las máscaras y enfrentar los grandes problemas igual que los mexicanos se toman su tequila o se aguantan lo picante: sin rajarse.

La sociedad teatral que o disimula o simula no es una creación mexicana. Los españoles ya lo habían inventado, y no es casualidad que sea en circunstancias similares. Quevedo ya había escrito: “No olvides que es comedia nuestra vida/ y teatro de farsa el mundo todo/ que muda el aparato por instantes/ y que todos en él somos farsantes”. Sin embargo, lo que me llama la atención  es a qué reaccionan los mexicanos con esta actitud, o más bien de qué se están protegiendo con este revestimiento.

Es un tema de actitud. Ante la crisis del s. XVII los españoles inventaron el barroco y eligieron entre la nostalgia por el “cualquier tiempo pasado fue mejor” o por los personajes que hacen vista gorda de una realidad que pretenden disimular. Los mexicanos del s. XXI parecen vivir entre un “fuimos potencia mundial, somos pobres, nos manejan mal” como dice Molotov o una resignación en un sistema en que se premia a los políticos por la eximia probidad de “robar, pero solo un poquito”. 

México es un país muy respetado por América Latina por su gran cultura, por el nivel de sus universidades y por la gran densidad de monumentos que podría incluso compararse con Europa. Además es un país muy rico en materias primas y un gran potencial de crecimiento por la cantidad de gente. Sin embargo, es un país que está sitiado. Al norte tiene a Estados Unidos y al sur un afluente continuo de emigrantes y sustancias interesantes. Es el gran distribuidor a Norte América y en los últimos meses se ha vuelto famoso por series de Netflix sobre narcotraficantes como también por las noticias sobre el Chapo. Además tienen un presidente de fama mundial…

Desde fuera los mexicanos parecen vivir, desde hace años, una crisis de muy difícil solución. Esto explicaría en parte que adopten posiciones barrocas para poder vivir.  No es fácil revertir un círculo vicioso. La corrupción en los políticos, el crimen organizado y la frustración individual es un trío al que no es fácil de describir en pocas palabras. Falta transparencia y probidad, estado de derecho y ciudadanos comprometidos con -como diría Trump- hacer México grande otra vez. Si los mexicanos toman una actitud muy poco mexicana y se “rajan” ante los tremendos desafíos que les son planteados es imposible que las cosas mejoren.

Escribiendo desde el extremo sur del continente es difícil ayudar. Sin embargo, es muy importante que haya unión y solidaridad a lo largo de América Latina porque varios de estos problemas son contagiosos y suelen transmitirse con pocas variaciones. Pruebas de esto están en la historia. Quizás justamente una de las soluciones es el aporte que se pueda hacer desde los países vecinos, esto significa que, exigiendo más a nuestros propios políticos, combatiendo la delincuencia y el narcotráfico en los respectivos países y promoviendo las virtudes cívicas lograremos generar un círculo virtuoso que permita que en el vecindario se fortalezcan las instituciones, se logre la seguridad y paz necesaria para vivir, y puedan todos y cada uno de los latinoamericanos lograr el mayor desarrollo tanto espiritual como material posible.

Volviendo a Octavio Paz: “Es tanta la tiranía/ de esta disimulación/ que aunque de raros anhelos/ se me hincha el corazón,/ tengo miradas de reto/ y voz de resignación”. Como mexicano que vive fuera de México solamente puedo ofrecer un diagnóstico, pero como un habitante de Latinoamérica puedo atreverme a decir que tenemos que reaccionar, dejar las máscaras y enfrentar los grandes problemas igual que los mexicanos se toman su tequila o se aguantan lo picante: sin rajarse. Hay que encarnar los anhelos que hinchan nuestros corazones y, como ciudadanos, luchar para tener la democracia que nos merecemos, tener sólidos grupos intermedios que vengan a reemplazar no solamente al crimen organizado, sino que también a los diversos nidos de ratas que operan bajo el marco de la legalidad, y especialmente cada uno tiene que velar por sus propias virtudes, en específico esas virtudes que permiten la convivencia y la búsqueda del bien común.

Eugenio Voticky

(Edición: J. Francisco Macias Calleja)

Anuncios