Todo lo que soy, lo que poseo y he logrado, lo he conseguido por mis propios méritos. Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta que nadie me ha regalado nada. Tengo lo que merezco e incluso un poco menos que eso. Puede sonar egoísta, pero creo firmemente que no le debo nada a nadie. Las oportunidades no se me han presentado, yo las he buscado. A mí nadie me puso en el lugar en el que estoy ni aparecí aquí por arte de magia. Absurdo.

La tarea de humanizarnos día a día no termina hasta que agradezcamos con hechos todo lo que nuestros antecesores alguna vez hicieron por nosotros.

¡Es un absurdo total! Tan absurdo como pensar que para llegar a este momento en el que ahora estoy escribiendo, mi madre no hubiera tenido que haber pasado horas sentada a mi lado pronunciando cada una de las letras del alfabeto unas cincuenta veces como mínimo. Como si el criterio con el que hoy observo al mundo hubiera sido formado por una educación que llegó a mí por nomás, por bonita, porque lo merezco. Y no porque mi padre haya pasado por quién sabe cuántas dificultades, de las cuales seguramente no me he enterado, para evitarme la fatiga de tronarme los dedos decidiendo entre estudiar, trabajar o comer. Como si mi curiosidad, mi firmeza de carácter, mi espíritu de servicio y mi gusto por contemplar la belleza en los detalles, no viniera de mis abuelos Manuel, Bertha, Consuelo y Héctor. Y no sigamos más, porque terminaré por darme cuenta que todo lo que soy, es cada vez menos por mi y más por otros.

Todos nosotros somos el resultado de cuantos genes, experiencias aprendidas, conductas imitadas, situaciones inesperadas y esfuerzos ajenos se hayan configurado para hacernos lo que somos y traernos donde estamos. Cosa que nunca hubiéramos logrado por mérito propio. Y aún así, conforme vamos creciendo, nos hacemos más independientes y acumulamos más logros; se nos olvida de donde venimos. Cuando nuestros padres o abuelos nos piden ayuda para usar algún dispositivo tecnológico, después de dos o tres intentos perdemos la paciencia y los hacemos sentir inútiles. Como si nosotros hubiéramos aprendido a caminar a la primera. O cuando llega el momento en que nuestros padres llegan a necesitarnos en algún sentido; en ese momento nos falta tiempo, dinero, y ganas. Nos olvidamos de darle prioridad a quienes durante toda una vida se han entregado a nosotros. Nos falta amor. Nos falta gratitud. Preferimos botar a nuestros adultos mayores en asilos porque no se pueden valer por sí mismos, porque no son productivos, porque salen caros, o simplemente por flojera. Como si nosotros siempre hubiéramos sido los seres más autosuficientes. Como si nunca nos hubieran cambiado el pañal.

Y es que la tarea de humanizarnos día a día no termina hasta que agradezcamos con hechos todo lo que nuestros antecesores alguna vez hicieron por nosotros. La meta es ser conscientes de que es absurdo pensar en que las personas son desechables y pierden valor cuando dejan de ser “útiles”. La meta es no ser ingratos. La meta no es volar y dejar el nido. La meta es volver a él para retribuir el amor que alguna vez recibimos y probablemente seguimos recibiendo.

Alejandra Cárdenas Castro

(Edición:Lourdes Escaf Padilla)