Cuando se busca en Internet la palabra “papá”, en el lenguaje que se quiera, los navegadores arrojan miles de imágenes de hombres que podrían encajar en la categoría, pero uno se puede preguntar ociosamente: “¿qué los hace ser así?”.

Para revalorizar la figura del padre hemos de recuperar el sentido de la familia

Seguramente la respuesta más breve sería el decir que porque pusieron la mitad de los cromosomas para que una nueva vida surgiera, en auxilio de una mujer, la madre. Sin embargo, esa visión es reduccionista. La paternidad no se limita simplemente al aporte de un espermatozoide que fecunde un óvulo para que la vida se produzca, sino que se liga a algo que trasciende lo biológico, aunque ahí comience.

Hay casos de papás que no son los progenitores de sus hijos, y eso no demerita el cariño que tienen por sus hijos. En la otra mano, tenemos a los padres ausentes que vulneran la seguridad de una familia con su inexistente presencia. Y la vulneran no porque la mujer no sea capaz (yo seré el último en decir eso, pues soy hijo de madre soltera) sino porque privan a las criaturas de un modelo de paternidad que requieren para conformarse plenamente. Incluso a pesar de sus errores.

En la novela Norte y Sur de la autora Elizabeth Gaskell, clásico de la literatura inglesa, la familia Hale, de la que forma parte Margaret —la protagonista—; debe mudarse de su apacible hogar en Helstone, una comarca verde rodeada de bosques y paisajes idílicos, para arribar a Milton del Norte, una población industrial, grisácea, salpicada de fábricas y obreros. Ellos se ven empujados a este cambio, por el padre: Mr. Hale, un cura protestante que deserta de su cargo, deja la parroquia y arrastra a su familia a un nuevo y desconocido lugar para todos, a comenzar desde cero.

Lo que salta al pensamiento del lector a través de los ojos de Ms. Hale, la madre, es un “¡Qué egoísta!”, pero es muy clara Margaret al afirmar que su padre “pudo haber cometido un error” pero confiaba en que él siempre obra con total intención de bien, pues desea lo mejor para su esposa y para ella, porque es sencillamente su padre.

La devaluación e infravaloración de la figura paterna tiene consecuencias directas sobre la psique de los individuos (y sobre la sociedad): la fracturación de la imagen masculina, los trastornos de la filiación familiar, dificultades para socializar, etcétera.

La figura del padre es necesaria para el desarrollo psicológico equilibrado de los hijos pues es, entre muchas cosas, el “mediador entre el hijo y la realidad; le permite al niño tomar iniciativas porque él ocupa una posición de tercero, de compañero de la madre, y no de madre bis” (Anatrella, 2008) dice Tony Anatrella en su libro La diferencia prohibida. Sexualidad, educación y violencia. Gracias al papá, el bebé aprende a diferenciarse de la madre y a adquirir autonomía e identidad.

Parafraseando a Anatrella, para revalorizar la figura del padre hemos de recuperar el sentido de la familia. Padre y madre son necesarios, ninguno es más que el otro, ninguno es sustituible o canjeable, pero vivir la experiencia del parentesco es lo que hará revalorizar el modelo tan golpeado del papá, incluso se trate de equivocarse, como Mr. Hale; pero siempre en busca del bienestar de la familia, al igual que él.

Arpad A. Jaime Orozco

(Edición: Alejandra E. Cárdenas Castro)

Referencias

Anatrella, T. (2008). La diferencia prohibida. Sexualidad, educación y violencia. . Madrid: Encuentro .

Gaskell, E. (2005). Norte y Sur. Madrid: Alba.

Anuncios