A la memoria de Hugo*

¿Cómo te ves de aquí a 5, 10, 20, años? Típica pregunta de una terapia psicológica, el primer día de clases, o una entrevista de trabajo. Pero, en realidad, ¿cuánto tiempo le dedicamos a pensar una respuesta real a esa pregunta? No una respuesta que nos haga quedar bien o sorprender a quien cuestiona. Una respuesta genuina, verdadera, que refleje nuestros anhelos y aspiraciones para alcanzar aquello que consideramos que es nuestra forma más perfecta de existir en este mundo. ¿Cuántos de nosotros tenemos un proyecto de vida? ¿Cuántos sabemos hacia dónde llegar en todos los aspectos de nuestra vida? ¿Cuántos orientamos nuestros esfuerzos y acciones cotidianas hacia ese plan? La verdad es que poca gente lo hace. Yo sé de alguien que no lo hizo.

La visión de Hugo estaba tan nublada que no era capaz de verse en un futuro pleno, siendo lo que quería ser.

Hace pocas semanas llegué a mi casa y fui recibida por patrullas y ambulancias. Al preguntar qué había sucedido, mis roomies me informaron que un vecino de 21 años de edad se había dado un tiro en la cabeza. Los papás estaban inconsolables y sus rostros llenos de culpa. La hermanita de 8 años no entendía lo que pasaba. Y todos los presentes nos hacíamos las mismas preguntas. ¿Qué motivos tenía ese joven para decidir terminar con su vida? ¿Qué lo orilló a pensar que su vida carecía de sentido y merecía terminar? Lo único que viene a mi mente cuando intento dar respuesta a ello, es que Hugo no tenía un proyecto de vida. No había algo que lo motivara a pensar que, por más crudas que fueran las circunstancias que lo rodeaban, había una razón para seguir. La visión de Hugo estaba tan nublada que no era capaz de verse en un futuro pleno, siendo lo que quería ser. O quizá ni siquiera sabía lo que quería ser.

Para armar un proyecto de vida no basta sentarse a escribir las empresas donde se quiere trabajar, los puestos y salarios ideales, el número de hijos que se quiere tener, ni los lugares que se quiere conocer. Un proyecto de vida consiste primeramente en alcanzar un profundo nivel de autoconocimiento para identificar todo aquello que genuinamente nos caracteriza y perfeccionarlo al grado de ser  la mejor versión de nosotros mismos. Ahí está la felicidad, en nuestro perfeccionamiento, y la familia juega un rol vital en este proceso.

Es en la familia donde comenzamos a formar un concepto propio a partir de lo que nuestros familiares dicen de nosotros. Todas esas etiquetas van configurando nuestra percepción de nosotros mismos. Y en muchas ocasiones, esas mismas etiquetas describen más nuestras acciones que nuestro ser. Y así va pasando el tiempo, y vamos cargando con un autoconcepto que no nos corresponde. Tomamos decisiones basándonos en lo que mejor le venga a ese ser que no somos nosotros. Vivimos correteando la felicidad de no sé quién, y no nos dedicamos a encontrarnos a nosotros mismos y avanzar hacia nuestra propia felicidad. No sabemos ni quienes somos, menos sabremos quiénes queremos llegar a ser.

¿Cómo esperamos formar jóvenes que sepan quienes son, si los padres cada vez viven más la vida de sus hijos? Es vital educar a nuestros hijos para que sean ellos los que tomen sus propias decisiones y vivan las consecuencias que se desprendan de ellas. No podemos decidir por ellos la mayoría del tiempo y “echarles la bolita” cuando se avecinen decisiones importantes. Pero sí podemos ayudarlos a conocerse y aceptarles con sus respectivas particularidades, dejando de lado las expectativas que se tienen sobre su ser. Hablando principalmente de los padres, es importante que estos se involucren y participen activamente en el desarrollo de sus hijos, identificando aquello que les hace especiales y encaminándolos a descubrir aquellas potencialidades y dones que pueden resultar sus mayores fortalezas a la hora de diseñar un proyecto de vida que les conduzca a su autorrealización. La felicidad se encuentra en el proceso de reconocer en nosotros mismos las capacidades que, al llevarlas a su máxima expresión, nos identifican como seres valiosos y capaces de trascender a través de los demás, ejerciendo una influencia positiva en la sociedad, y usando como principal herramienta la irrepetible configuración de dones y virtudes con las que fuimos dotados. La familia es la única institución social en la que los miembros se aceptan y se aman por lo que son en sí mismos. Si somos familia, actuemos como tal.

Alejandra Cárdenas Castro

(Edición: Eduardo Sánchez Madrigal)

Imagen recuperada de: http://cdnph.upi.com/sv/b/i/UPI-8011461326521/2016/1/14613340238373/CDC-US-suicide-rate-highest-in-30-years.jpg

* El nombre de Hugo fue cambiado por respeto a su recuerdo y la privacidad de su familia.