La trigésima primera edición de los Juegos Olímpicos se encuentra en curso, con sede en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil. Como cada cuatro años, resulta casi imposible no empaparse de los eventos más significativos de la justa, ya sea por voluntad propia o al escuchar comentarios ajenos en escenarios cotidianos.

De entre las naciones que participan en la contienda, es un hecho que Estados Unidos aparece siempre en el podio del medallero. A lo largo de la historia de la competencia, ha habido quienes se han atrevido a desafiar por la cima al país norteamericano: durante casi todo el siglo pasado fue la Unión Soviética, y cuando ésta colapsó, la más poderosa de sus repúblicas, Rusia, fue la encargada de seguir con el reto. En los últimos años los chinos son los que se habían quedado más cerca, competidores mordaces en cualquier disciplina que participen. A pesar de lo anterior, nadie puede negar el dominio de los estadounidenses en la justa máxima del deporte mundial; no cuando, a la hora de realizar este escrito, Estados Unidos tiene casi el doble de medallas que el segundo lugar (precisamente China, como un marcador de 95 a 57, y contando).

Luego está México. Este país con aproximadamente 120 millones de habitantes, vecino del sur de la poderosísima nación de las barras y las estrellas. Ambos países tienen una infinidad de similitudes: los dos son pueblos mestizos, y como naciones son, a comparación con aquellas en el viejo continente, jóvenes. Curiosamente, ambos países son xenofóbicos. México es el primer lugar mundial en obesidad, Estados Unidos el segundo. México tiene un Peña Nieto, Estados Unidos un Donald Trump.

En otros rubros, las similitudes no aparecen: Estados Unidos tiene 270 Premios Nobel, México tiene tres. Ellos tienen una tasa de homicidios de 4.7 personas por cada 100 mil, nosotros de 21.5 (oficialmente). Ellos tienen más de 2 mil medallas olímpicas (de verano), nosotros 64; en el actual certamen, 95 totales contra una de bronce, ganada por un boxeador de 22 años que se vio obligado a mendigar sólo para poder participar por su pase a los Juegos Olímpicos, después de que las instituciones de nuestro país encargadas de financiarlo le dieran la espalda, así como siempre lo han hecho con miles de atletas que dedican su vida al deporte.

En todos los niveles sociológicos y políticos, los estadounidenses tienen amor hacia ellos mismos, los mexicanos no. De este lado de la frontera vemos sólo por el bien personal y a corto plazo. Los encargados de otorgar el apoyo económico desvían esos recursos a unos cuantos bolsillos en pantalones largos, mientras que como pueblo respondemos con picardía e insultos. Nos gusta burlarnos de los nuestros a la primera oportunidad. Si un mexicano logra algo, “ganamos todos”, pero si se queda en la raya, así haya sido con dignidad y respeto, “perdió”. Además, “¿cómo no iba a perder, si todos saben que los mexicanos no sirven para eso?”.

Los del norte del Río Bravo creen en su bandera y en todos los que hayan nacido cobijados en ella, y lo gritan al resto del mundo hasta el punto en el que se vuelve envidiable y molesto. Enfrentan todo reto como nación, como una unidad, porque lo son.

La consigna de Donald Trump lo refleja: “Make America great again”. Detrás de todo ese mensaje de odio abierto a debate, se encuentra un sentimiento de pertenencia y patriotismo incomparable, uno que nadie que haya visto alguna vez por televisión a un estadounidense en llanto mientras su bandera escala el mástil, con su himno de fondo, por enésima vez, puede negar.

Sebastián Sánchez López

(Edición: Carlos Enrique Macías Calleja)