Se debe orar porque se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.

Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte, que considere el espacio de vida restante entre los regalos de la naturaleza, que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos, que no sepa de ira, y esté libre de deseos y crea que las adversidades y los terribles trabajos de Hércules son mejores que las satisfacciones, la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo.

Te muestro lo que tú mismo puedes darte, con certeza de que la virtud es la única senda para una vida tranquila.

 Las Sátiras de Juvenal

Resulta una noción propia de todos los tiempos el reconocimiento de la existencia de una realidad que trasciende los límites materiales del universo y a cuya comprensión corresponde el origen de los más complejos planteamientos filosóficos. El pensamiento de los primeros hombres se caracterizó por una profunda espiritualidad vinculada a la naturaleza, buscando descifrar su existencia a través de primitivas reflexiones relacionadas con fenómenos astronómicos. Evidencia de la presencia de una realidad inmaterial y trascendente dentro del raciocinio humano, puede identificarse en el pensamiento colectivo de las civilizaciones a través de los siglos; desde la visión védica de la India, hasta la conjunción multi-elemental del ser, propuesta por los antiguos egipcios.

Sin embargo, no fue sino hasta el siglo IV a.C. cuando los filósofos clásicos introdujeron planteamientos entorno a la visión dual del ser con un vigor racional sin precedentes. Por un lado, Platón propuso una concepción dualista, sosteniendo que el alma (en sus variantes pasional, apetitiva y racional) es una entidad independiente del cuerpo material, pero atrapada dentro del mismo y en constante búsqueda por desligarse de sus limitaciones. Por otro lado, Aristóteles consideró a las realidades físicas y espirituales, sustancial e invariablemente enlazadas entre sí y como partes integrales de la unidad humana. Es la ideología monista del estagirita la que sienta las bases para el desarrollo doctrinal de la teología cristiana, principalmente la propuesta por Santo Tomás de Aquino.

Resulta evidente que el hombre es por naturaleza un ser religioso; es decir, en perpetua búsqueda por comprender una realidad que trasciende a su entendimiento pero que le es tan propia como su razón. Al encontrarse enlazadas ambas dimensiones del ser, es lógico considerar que cada una posee influencia y efecto sobre la otra, por lo que una vida plena es el reflejo del balance interno entre ellas.

Fueron también los antiguos griegos quienes aterrizaron dichas nociones a su realidad directa, estableciendo paradigmas de virtud con base en el equilibrio de cuerpo y alma. Según su razonamiento, un individuo plenamente formado era aquel que dedicaba el mismo empeño a fortalecer su cuerpo mediante el deporte, como a cultivar su mente con las artes y la filosofía.

Aun cuando las reflexiones en torno a la trascendencia del ser han continuado desarrollándose y nutriendo el conocimiento del hombre a través del tiempo, la actualidad se encuentra inmersa en una crisis de pensamiento que compromete y relativiza los componente esenciales de la naturaleza humana. Depresión, mercantilidad del propio cuerpo y suicidio son sólo algunos de los síntomas de una sociedad indiferente ante el valor de la vida y desprovista de identidad. Una visión hedonista, que pretende satisfacer los apetitos del hombre sin más justificación que el placer mismo, y desconociendo todo llamado a la trascendencia dentro de si, no puede conducir más que a su propia destrucción. Es así como resulta necesario un llamado a la renovación de la virtud humana, que reconozca la relevancia de todos los componentes de su ser y asuma la responsabilidad de dignificarse a través de su apropiado desarrollo, que el hombre asuma como propias y enarbole como estandarte los ideales de las Sátiras de Juvenal.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco y Alejandra Cárdenas Castro)

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