¿Qué es amar?

La pregunta revuelve las entrañas a más de alguno, hace tornar los ojos a otros con algún recuerdo; sentir una parvada de aves revolotear en el estómago y a alguien más, tal vez, hace llorar. A todos preocupa conocer el amor.

El amar es una consecuencia de la libertad, un concepto que hoy en día está severamente prostituido

No es flaca ambición pues el amor hace las sonrisas auténticas, que los muchachos se peinen y se bañen y las muchachas ruboricen sus mejillas; el amor inspira peripecias y acrobacias para sorprender al amado, aligera los pasos y recarga los colores del mundo; el amor es lo mejor del hombre, lo único que le hace feliz y que le hace ser plenamente, ser frente al otro, frente al que le ama.

El amor no es solamente besos y caricias. Se vale de ellas, pero no se encasilla en el cuerpo; y si corremos el riesgo de alimentar el fuego del amor con el de la pasión, más arrebatado, pero más breve que aquel, lo ahogará inexorablemente. Por eso el amor no se reduce a lo físico. El amor tampoco es envidioso ni se enorgullece de los fracasos. Pero, sobre todo, el amor no es egoísta porque el amor es, principalmente, renuncia. Una renuncia que encarna alteridad, es decir, salir de uno mismo al encuentro del otro y hacerse responsable de él.

¿Quién nos enseña a amar?

La familia[1]. Y no existe otra respuesta. Presuponer que nuestra primera noción de amor nos será enseñada por alguien distinto de nuestros padres, es asimilar al amor mismo como otra cosa que no sea una renuncia pues nadie más en los primeros – y segundos y terceros – estadios de la vida del ser humano es capaz de tal entrega si no son aquellos que en la renuncia de sí mismos se donaron para el otro y para la coparticipación de la creación de la vida; es decir, de los hijos. La anterior afirmación, anticipándome un poco, provocará que aquellos que no hemos sido criados por un padre y una madre, por una familia matrimonial, en un ambiente de hogar; salten y digan que entonces no sabemos amar. La respuesta es que efectivamente, no sabemos hacerlo correctamente.

El amar es una consecuencia de la libertad, un concepto que hoy en día está severamente prostituido. La libertad requiere dos elementos: elección y responsabilidad. Elección porque si no existen opciones para elegir, no hay verdadera libertad; y responsabilidad, porque entonces lo que el hombre elija le va a exigir que actúe frente a ello dándole la importancia que requiere en su justa medida, es decir, le exigirá justicia.

Amar, por tanto, conlleva tratar al ser amado como le es merecido, en virtud de que uno hizo ejercicio de su libertad eligiendo a esa persona por sobre el resto de la humanidad para hacerse responsable de ella y de lo que, en la unión del amor, brinde: los hijos.

Es objetivamente verdadero, por tanto, asegurar que sólo en la familia matrimonial, donde se dio un ejercicio libre de elección y responsabilidad del otro, es donde el amor puede florecer con toda la profundidad de su significado.

Pero no nos descorazonemos aquella porción de la humanidad que no hemos gozado de tales circunstancias ideales de amor porque es también verdadero que, mientras uno renuncie a sí mismo y a la sola complacencia de sus deseos, podrá aprender, con la ayuda del otro, el exquisito sentido del amor. Y una vez que el hombre lo haga suyo, estará en condiciones de hacer lo que quiera.

Alejandro Wolf

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco & Alejandra Cárdenas Castro)

[1] Conferencia Episcopal Española, Matrimonio y familia (6 julio 1979), 3.16.23.

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