El inicio de la vida de todo hombre se encuentra invariablemente vinculado a la presencia de la figura materna, depositaria de vida y primer modelo de amor.

En su rol de madre, la mujer asume la tarea de portar y formar la vida que en su entrega como esposa ha encarnado, vivificando el amor conyugal en su expresión más sublime. Es esta situación privilegiada lo que la naturaleza ha honrado al conceder a la mujer una esencia preciosamente balanceada de fortaleza y sensibilidad, confiando – en su benevolencia y calidez maternal – los destinos de los hombres.

La genialidad de la mujer y madre recae en la sabiduría que le es propia, en su capacidad de reconocer las necesidades y aflicciones internas de los demás para atenderlas en la medida precisa. Así, dentro de un mundo naturalmente salvaje y de incontables angustias para la humanidad, la madre se erige como un santuario de ternura y buen consejo para todos los hijos que gocen de su existencia.

El ser madre es un llamado a la experiencia más pura del amor.

Lejos de ser la feminidad y la masculinidad conceptos contrapuestos, las particularidades de cada uno son el complemento perfecto para la institución de la familia, cuyo amor –con todas sus implicaciones- es el entorno más apropiado para la crianza de los hijos, y donde el papel de madre encarna los atributos más nobles de la naturaleza humana. Asimismo, con la maternidad, la mujer adquiere una doble dimensión en su feminidad, siendo por un lado co-encargada del cuidado físico y mental de sus hijos; y por el otro, responsable de su apropiada inclusión en la sociedad.

Sin pretender restar mérito a la función profesional de la mujer, que por su propia dignidad tiene derecho a desempeñar, debe reconocerse y valorarse adecuadamente su función materna como parte íntegra de su humanidad. Es decir, una sociedad humana es aquella en la que, si bien la mujer es titular de toda la amplitud de derechos reconocidos por la sociedad y el estado, su vocación materna es igualmente apreciada y exaltada, procurando no menoscabar su importancia.

El ser madre es un llamado a la experiencia más pura del amor, en la que la extraordinaria capacidad de una creatura se vuelve guía y raíz de la sociedad, en refugio particular y fuente inagotable de afecto para aquellos a quienes ha traído a la vida y cuyo influjo trasciende a la memoria y a la distancia. Por ello, los hijos, beneficiarios de tan invaluable don, han de corresponder convirtiendo su vida en un testimonio eterno de agradecimiento y honra al afecto de sus madres.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)

(Imagen recuperada de: Google Images)

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