La migración es un fenómeno global que en sus diferentes manifestaciones ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. Desde el éxodo del pueblo judío hacia la tierra prometida, hasta la colonización de América, los movimientos migratorios poseen elementos característicos que permiten distinguirles como una realidad social particular.

La migración se presenta como un desplazamiento masivo de población (momentáneo o continuado) de su lugar originario a otro distinto. Asimismo, a diferencia de los movimientos animales, el hombre halla sus motivos no en instintos naturales, sino en aspiraciones de prosperidad económica o bienestar general. En muchos casos, además, el ser humano se encuentra en la necesidad de abandonar su hogar ante un gobierno opresor, conflictos armados o persecuciones ideológicas.

Uno de los casos más conocidos es el de los miles de inmigrantes que, inspirados por las promesas del “sueño americano”, llegan de manera ilegal a los Estados Unidos en busca de un mejor futuro.

[…] México tiene una singular responsabilidad (y oportunidad) de responder a las voces que claman todos los días por ser escuchadas.

Por su localización geográfica, México se sitúa en una posición estratégica para todos los migrantes nacionales y sudamericanos que buscan alcanzar su destino al otro lado de la frontera.

Además de las condiciones infrahumanas y el riesgo de inanición presentes a cada paso de su recorrido, los migrantes que atraviesan el territorio mexicano pueden ser objeto de violencia, tráfico de personas y violaciones, todas ellas impunes.

Dichas circunstancias son el legado de una sociedad indiferente hacia el sufrimiento humano, considerándole una realidad ajena a aquella en la que únicamente cabe la comodidad y el materialismo. Por su protagonismo en tal fenómeno, México tiene una singular responsabilidad (y oportunidad) de responder a las voces que claman todos los días por ser escuchadas.

Una sociedad que aspire a poner fin a la violencia y a la propagación de la cultura de la muerte, debe comenzar por mirar con fraternidad a los desvalidos y a los grupos auténticamente vulnerables, procurando que su tránsito sea más humano que las condiciones que les llevaron a dejar atrás su hogar.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)

(Imagen recuperada de: The Huffington Post)