En este apartado hemos señalado consistentemente la importancia de la participación democrática —como exigencia cívica— en la construcción de un país maduro. Asimismo, hemos hablado explícitamente sobre cómo la democracia no se limita únicamente al ejercicio del voto informado en las elecciones, sino también al seguimiento de aquellos que hayan sido electos (hayan recibido nuestro voto o no). Y no sólo esto, sino que también hemos sostenido categóricamente que es un imperativo social el fortalecimiento de las instituciones de gobierno, de manera que sean guiadas por la razón y orientadas al bien común, fuera de las ideologías que dañan a la sociedad.

Con estas consideraciones, resulta necesario analizar, de inicio, los medios establecidos para ser elegido para ocupar un puesto función pública: los partidos políticos (1).

En un sistema como el mexicano, usualmente son considerados verdaderas lacras del poder —y puede ser que en muchos casos así sea—. Se han estimado como traidores a la democracia por no haber solucionado todos los problemas del país… ¿Será esto un reflejo de una población democrática inmadura?

[…] los mexicanos no tienen claro a dónde van, al final cualquier destino puede parecer bueno.

Para contar una historia muy resumida de los partidos en el país, debe volverse la mirada a la fundación del Partido Nacional Revolucionario (antecesor del PRI) después de la guerra, y que sirvió para organizar las pugnas de poder que se vivían en el México postrevolucionario. Después surgió el PAN, presentando una nueva cara de la política mexicana que tuvo su culmen en el 2000 cuando Vicente Fox ganó la presidencia. En ese periodo también surgió el PRD (1989), aglutinando a la izquierda (aunque más adelante se haya fraccionado en otros, como Movimiento Ciudadano o Morena). También hay muchos otros partidos de menor importancia nacional que han surgido en este tiempo: el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), el Partido Nueva Alianza, el Partido Encuentro Social o el Partido Humanista.

Este pequeño recuento muestra cómo la vida política nacional es cada vez más plural. Sin embargo, ninguno ha cumplido todas las esperanzas de los mexicanos. Ejemplo de ello es que: contra la perversión del PRI surgió el PAN; contra la traición de este último se levantó el PRD; y frente a su descarrilamiento, nació Morena (más todos los partidos intermedios).

Lo que tienen en común es que los otros son “malignos”, y que cada quien ofrece “un cambio al país”. Y mientras los mexicanos esperan eso, la mafia del PRIANRD (que parece cada vez tendrá un nombre más largo) sigue significando una clase política podrida.

PRIANRD

La traición a la democracia es, en el fondo, una traición a la patria. Y no se dice esto en el sentido demagógico que exalta a la democracia, sino en cuanto al distanciamiento de la función pública del servicio a todos los mexicanos. La lamentable situación de los partidos es multifactorial, pero, a opinión de quien escribe, es resultado principalmente de dos situaciones: la falta de un proyecto de nación (y, por ende, gobierno); y la transgresión a los ideales de cada partido.

En efecto, los mexicanos no tienen claro a dónde van, al final cualquier destino puede parecer bueno. Por otra parte, los partidos políticos no ayudan en nada a la definición nacional cuando ignoran de manera monumental su identidad vertida en sus estatutos, entregándose al mejor postor que asegure la llegada al poder. Esta pusilanimidad hace imposible hablar de México como un país políticamente serio.

José Francisco Macías Calleja

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)

(Imágenes recuperadas de: riogrande-oax.blogspot.mx y Semanario Crítica)

(1) Aun cuando recientemente se hayan abierto las puertas a los candidatos independientes, en este texto se busca centrar la atención en los organismos políticos.

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