Si bien la globalización y el desarrollo tecnológico de los últimos tiempos han contribuido a facilitar la vida del hombre y el intercambio multicultural de ideas, cada vez se torna más compleja la labor de establecer parámetros morales objetivos que resulten válidos en todas las jurisdicciones.

El hombre debe continuar su búsqueda de los valores fundamentales de su común humanidad

Por un lado, los sistemas políticos occidentales —enarbolando los principios de laicismo y de libertad religiosa— pretenden formar una sociedad en la que converjan de manera armónica todos los credos y culturas (cayendo incluso en tendencias hedonistas), siempre que se adecúen a la observancia de los derechos humanos y a la protección de la dignidad de la persona. Por otro lado, aquel mundo que no se funda en los mismos pilares que Occidente, sino en milenios de su propia autoconcepción y tradición, se muestra renuente ante la alteración de sus ancestrales maneras. De tal manera, queda comprometido el llamado al reconocimiento universal de los derechos humanos, al poder llegar a ser, en su contenido, incompatible con el ethos de todos los pueblos.

Surge entonces la necesidad de fundar la moralidad de los actos humanos en los dictados de su propia naturaleza, en aquellas leyes que preceden su existencia y que a la vez la dignifican.

La ley natural, cuya aspiración última es la justicia, se vuelve la directriz y criterio de legitimidad de la legislación positiva para la satisfacción de las necesidades de paz y justicia de todos los hombres en su común condición humana. Sin embargo, en un mundo que lucha por desvincular al hombre de su realidad natural y trascendente, resulta incongruente pretender fundar los derechos humanos en la naturaleza del propio hombre cuando al mismo tiempo se le alienta a ir en contra de ella. Con la misma actitud de reflexión y raciocinio de la que surgió el reconocimiento de los derechos humanos frente a las catástrofes del siglo pasado, y más allá de toda predisposición ideológica, el hombre debe continuar su búsqueda de los valores fundamentales de su común humanidad.

Tal como las aspiraciones del espíritu humano, la ley natural no es un concepto estático, por lo que precisa de la unión y colaboración de la sabiduría de todos los pueblos para presentar así un modelo de ética universal cuyo esplendor alcance a todos los corazones.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)