Nos encontramos con dos conceptos que en primera instancia parecen contrarios e incompatibles, pues desde sus bases manifiestan de distintas maneras el aprecio y acercamiento a la cultura. Éstos son identidad nacional y globalización.

El anhelo de globalizar una nación jamás debe ignorar la madurez social de la misma en el punto exacto de reforma.

Por un lado se halla la identidad nacional, la cual en escritos pasados se ha definido como un valor de orgullo y afecto hacia la historia, y por consecuencia, a las costumbres y tradiciones del país donde se nació, acompañado de un análisis histórico y social para comprender el presente y planear el futuro mediante ideales nacionales concretos. En pocas palabras, se trata de sentido de pertenencia a la propia patria.

La globalización, por otra parte, apela al mundo moderno de intercambio y expansión en forma íntegra. La globalización pretende homogeneizar, borrar poco a poco entre países las diferencias dentro de los sectores más importantes —como podría ser el de salud o tecnología— para alcanzar el bien común.

Ambos aspectos están en la posibilidad de volverse oscuros si son descuidados sus límites y verdaderos valores. La identidad nacional llevada al extremo se convierte en una máquina xenofóbica, con necesidad de alejar, o en ocasiones exterminar, todo aquello que no pertenezca directamente a lo que identifica una nación. El amor honesto a la patria se transforma finalmente en una pasión ilógica, desenfrenada, radical y discriminatoria, inspirada en ideales y valores que no entienden ni los mismos prosélitos de esta causa.

El peligro de la globalización radica en sus aires conquistadores, pues supone el dominio de ciertas regiones del mundo —esto es, por supuesto, de los países más avanzados— que sugieren, o bien insisten en un sistema que contemple determinadas características económicas, políticas, sociales y culturales. Esto no sólo implica la aceleración forzada de procesos en las materias antes mencionadas, sino también la incorrecta y prematura adopción de ciertas tendencias quizá antagónicas con la naturaleza y esencia misma de la población que las recoge. ¿A qué me refiero con esto?

Octavio Paz en El laberinto de la soledad (1950) dentro del capítulo “De la Independencia a la Revolución” habla de la madurez de la identidad nacional y su necesaria correspondencia o compatibilidad con el peso de los cambios que se desean implementar:

“Y la reforma de Carlos III muestra hasta qué punto la mera acción política es insuficiente, si no está precedida por una transformación de la estructura misma de la sociedad y por un examen de los supuestos que la fundan. […] Casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia, que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme.”(1)

La falta de compatibilidad desemboca en ineficiencia y posiblemente en renuencia por parte de la población. El anhelo de globalizar una nación jamás debe ignorar la madurez social de la misma en el punto exacto de reforma, porque entonces existe conflicto y contradicción: se le exige a la sociedad una modificación que no está preparada para afrontar.

Es como exigirle de repente a un niño que pague todos sus servicios; el hacerse cargo de ellos implica independizarse y tal vez hacer planes posteriores, esto es bueno, sano, futurizo, mas resulta descabellado obligarlo a dicha tarea cuando carece de medios y preparación, sobre todo cuando se espera que esté a la altura de las condiciones. Todo lleva un tiempo y un proceso de maduración. Recuerdo con simpatía la frase que le da Gabriel García Márquez al General Simón Bolívar en su novela El general en su laberinto (1989) cuando éste se encuentra en una cena con el francés Diocles Atlantique quien habla de la superioridad de Napoleón y sobre cómo los latinoamericanos deberíamos seguir sus pasos a la libertad. Bolívar le contesta: “No traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil. […] ¡Por favor, carajos, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media!”

Creo imprescindible aclarar que si bien favorezco la globalización con el propósito de mejorar la educación, salud, entre otros ámbitos, favorezco a su vez el pensamiento crítico sobre las tendencias sociales. No toda avalancha globalizadora debe ser acogida sin cuestionamiento, especialmente cuando se tratan de cuestiones principalmente de la persona y sus relaciones.

A final de cuentas, la identidad nacional no está peleada con la globalización, sino que deben acompañarse proporcionalmente para que ninguno de los conceptos termine por comerse al otro. De esta manera el país unido en identidad nacional preservará sus tradiciones y tendrá en mente su herencia histórica, a la vez que, mediante la ayuda de otros países, contribuirá con mayor eficiencia al desarrollo social de sus ciudadanos.

Frida Fernanda Ahumada Loza

(Edición: José Francisco Macías Calleja)

(Imagen de: Ángeles Mariscal, columnista en Chiapas Paralelo)

(1) Paz, O. (1950). El laberinto de la soledad (3ª edición ed.). México: Fondo de Cultura Económica, pp. 129, 136.

Márquez, G. G. (1989). El general en su laberinto. México: Editorial Planeta, p. 132