Aquello que debería ser luz frente a las tinieblas de la ignorancia, ha nublado la conciencia colectiva del hombre y le ha vuelto presa del producto material de su propia razón.

Si bien el desarrollo tecnológico y científico legado por la modernidad ha contribuido a optimizar la calidad de vida del hombre de una manera sin precedentes, también le ha sumergido en un modelo de existencia regido por la tibieza y la apatía. La vida que la humanidad pretendió facilitar mediante la industrialización de su mundo, ha sido sistemáticamente destituida de su valor intrínseco y dignidad mediante una visión de naturaleza utilitarista y de eminente apego material. De tal forma, bajo una desviada exaltación de las libertades fundamentales, la “cultura de la muerte” promueve la destrucción de la vida sin más justificación que el derecho a disponer libremente sobre el propio ser, admitiendo como legítimas las prácticas que alguna vez fueron consideradas barbáricas. Signos de dicha corriente pueden ser fácilmente identificables en nuestros tiempos, en la forma, por ejemplo, de la legalización y promoción del aborto, la aplicación indiscriminada de la pena de muerte, la manipulación genética y la eutanasia. Más aún, la influencia de la cultura de la muerte puede sentirse en los aspectos más cotidianos de la vida, como la mercantilidad generalizada que impregna las relaciones humanas y las presenta como modelos desechables de efímero placer, ausentes de cualquier rastro del compromiso antaño implicado.

De tal forma, resulta paradójico que el avance tecnológico sea directamente proporcional a la deshumanización de la sociedad y el desprecio por la vida. Aquello que debería ser luz frente a las tinieblas de la ignorancia, ha nublado la conciencia colectiva del hombre y le ha vuelto presa del producto material de su propia razón. El bienestar material y el placer hedonista han sustituido a la virtud en las aspiraciones del hombre posmoderno, conduciéndole por un sendero de egoísmo y colocándole por encima de cualquier imperativo moral. Siendo así, es preciso un cambio de paradigmas que, erigiéndose en defensa de la vida y de la dignidad humana, ponga fin al ciclo autodestructivo de la cultura de la muerte  e instaure en su lugar una cultura movida por la compasión y el desapego material.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: José Francisco Macias Calleja)

(Imagen: El Aquelarre, Francisco de Goya)