Si bien la modernidad introdujo en el hombre Occidental una noción individualista sin precedentes – en la que la confianza en el desarrollo tecnológico y el desencanto por el orden trascendente dominó el dinamismo de su pensamiento –, pronto se percató de la insuficiencia de dicha corriente en cuanto a la satisfacción de necesidades globales. De tal forma, el siglo XX marcó la pauta para un nuevo movimiento que, influido por el resultado de las dos grandes guerras y la polarización de los sistemas socioeconómicos del mundo, asumió la tarea de reestructurar el orden y pensamiento establecido, con la finalidad de suprimir el “dualismo” imperante para así formar una sociedad efectivamente pluralista (es decir, sin matices ni contraposiciones) bajo cuya tutela se considerasen los intereses de las minorías. Por tanto, la corriente de la posmodernidad ofrece un terreno fértil para el brote de ideologías de “liberación” sexual, artística y cultural.

La sociedad actual se encuentra inmersa en una verdadera crisis de pensamiento.

Si bien, tal cambio de paradigmas fue sin duda alguna un parteaguas en cuanto al reconocimiento de los derechos fundamentales del hombre –principalmente la igualdad –, ha conducido a una sobreprotección de las opiniones particulares que diluye los valores objetivos tradicionales que alguna vez sostuvieron el pensamiento Occidental. Más aún, la pluralidad de opiniones que acoge la posmodernidad han dado como resultado una visión relativista que desestima toda verdad objetiva, promoviendo la satisfacción de impulsos como medio para alcanzar la felicidad.

Es así como la sociedad actual se encuentra inmersa en una verdadera crisis de pensamiento, en la que cualquier estímulo de las pasiones es considerado como “válido” y “bello”, por ser una expresión natural.

En tal contexto, surge la necesidad de restituir a la sociedad su auténtica dignidad. Al restablecer los paradigmas tradicionales, surge un punto común hacia el cual encauzar el desarrollo de la identidad individual.

La plenitud humana debe ser alcanzada, no mediante la satisfacción de impulsos instintivos sino del refinamiento de la personalidad a través de la virtud, que a su vez ennoblece el espíritu y provee la auténtica plenitud.