A lo largo de las publicaciones de esta categoría —civismo— se han presentado diversas ideas, comenzando con el carácter fundamental de la voluntad social sobre el destino del país y el compromiso general que esto implica en la democracia. De igual manera, se ha hablado de cómo el coraje contra la administración pública (corrupta e ineficiente en muchas ocasiones) ha conducido a una actitud infantil de ataque inútil e irresponsable, y cómo esto tiene que ver con una concepción paternalista del Estado.

En resumen, el mensaje central es que la realidad de las sociedades implica una concepción personalista de la sociedad. Las consecuencias de esta perspectiva son enormes, comenzando por una diferente lectura de la ley no como norma prohibitiva, sino como marco para el ejercicio de las libertades. También resulta en el entender que la ciudad no será simplemente lo que el gobierno haga o deje de hacer, sino aquello que los ciudadanos a secas —sin la connotación política que tiene esta palabra hoy en día— decidan y lleven a la realidad. En esencia se trata de tomar conciencia que somos verdaderamente libres y que el Estado está al servicio del Bien Común (ojo: no de los caprichos de las masas iracundas).

Dado que las personas no han pensado seriamente la naturaleza del Estado y de su libertad, han sido unos pocos quienes han explotado el potencial de las ciudades y del país.

Nicolás Maquiavelo, en su libro “El príncipe”, explica cómo, si el soberano no usa el poder que tiene, alguien más lo usará por él. Fuera de cualquier crítica que se le pueda hacer al título citado, parece ser que en este aspecto el autor tiene razón. En efecto, dado que las personas no han pensado seriamente la naturaleza del Estado y de su libertad, han sido unos pocos quienes han explotado el potencial de las ciudades y del país: grupos políticos, sindicatos, organizaciones criminales en claro contubernio con las autoridades… Son ellos quienes han tomado las riendas de la nación, no necesariamente con malas intenciones, pero sí de manera sectaria, poco institucional y, en resumen, dañina para el Bien Común.

Los ciudadanos a secas tienen no sólo la posibilidad, sino el deber moral para sí mismos, sus conciudadanos, el futuro y su patria, de retomar su papel de amos de la nación, ejerciendo su libertad dirigida al Bien Común. Esto, además de una recta intención, requiere valentía para enfrentarse a un panorama político atrofiado, complejo y hostil. Asimismo, necesita eliminar la actitud de desconfianza generalizada del gobierno y sustituirla por una sana y razonable confianza, sostenida por un estricto y profesional compromiso de seguimiento de las actividades gubernamentales a través del uso de los mecanismos establecidos para ello.

Tomar en serio la envergadura de la labor del verdadero civismo y de la democracia, puede sonar mucho más aburrido y embarazoso que simplemente subir un video a Facebook o Youtube de un oficial de policía aceptando una mordida, lo cual seguro encenderá los ánimos de los internautas, explicitados en quejas victimistas e insultos escritos con letras mayúsculas. Es claro que las redes tienen alcance en la vida real, pero mientras esperamos sentados a que pase algo por un Tweet rabioso, los políticos y criminales (y aquellos que entran en ambas categorías) seguirán usando para sus intereses el poder que corresponde a todas las personas y que debe orientarse al Bien Común.

El camino de la madurez es largo y difícil, pero si no hacemos algo, ¿a dónde vamos a parar?

José Francisco Macías Calleja

(Edición: Carlos Enrique Macías Calleja)

(Imagen tomada de: fotos.starmedia.com)