Los derechos humanos, al ser inherentes a la dignidad de la persona, son anteriores al Estado, y su protección y garantía justifican la existencia misma del Estado y de sus potestades. Estos derechos constituyen el pilar que sustenta todo el ordenamiento jurídico, entonces el poder público queda sometido a la ley natural. Y una de estas prerrogativas fundamentales es el de la libertad religiosa, cuyo reconocimiento se encuentra consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948, en el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales del 04 de noviembre de 1950; en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, de 1966, en la Convención Americana de Derechos Humanos del 22 de noviembre de 1969, en la Declaración sobre eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o convicciones del 25 de noviembre de 1981, y en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, que fue incorporada al derecho comunitario europeo por el Tratado de Lisboa, firmado el 13 de diciembre de 2007. Pero estos no son los únicos documentos que reconocen los DDHH.

Hasta aquí vamos bien.

Ahora empieza lo bueno.

Dos sucesos mediáticos

Lautsi contra Italia(1) fue un caso dictaminado por la Corte Europea de Derechos Humanos (ECHR), sobre la admisibilidad o no, de íconos religiosos en las escuelas públicas. La situación detonó cuando la demandante, Soile Lautsi, exigió al instituto público italiano, en el cual matriculó a sus hijos, que quitara la cruz que pendía de la pared del salón toda vez que, a su parecer, consistía en un símbolo de adoctrinamiento pasivo que influía en el libre albedrío de los niños, determinándolos a proferir un credo específico en lugar de otro o de ninguno.

La sentencia emitida por la Cámara de la Segunda Sección de la Corte consideró, por unanimidad, que la presencia de un símbolo católico, como es el crucifijo, en las aulas del instituto público en que estaban matriculados los hijos de la recurrente —la señora Lautsi—, constituye una injerencia incompatible con la libertad de creencia y religión de los alumnos y una violación del derecho de los padres de educar a sus hijos conforme a sus convicciones. Entiende el Tribunal que la presencia de cruces en las aulas puede ser interpretada por los estudiantes como un evidente signo religioso y, por tanto, condicionarles, y si bien puede constituir un estímulo para los alumnos católicos, puede molestar a los que pertenecen a otras minorías religiosas o son ateos.

Eweida y otros contra El Reino Unido(2) fue un caso de mayor difusión mediática. La recurrente, Nadia Eweida, una empleada de British Airways, fue advertida de no portar un crucifijo en el trabajo, por contravenir su política de vestimenta, o que lo ocultara de la vista. Tal situación detonó en una demanda colectiva ante la ECHR.

La Corte determinó que los tribunales locales habían fallado en proteger el derecho de la recurrente a manifestar su religión. Y condenó al pago de 1,600 libras en favor de Eweida. Por su parte, British Airways reformó su política de vestimenta para “permitir a sus empleados” la portación de símbolos religiosos.

Obligación del Estado

Tratar un tema tan próximo a las emociones de las personas, como lo es la religión, resulta conflictivo. Si acaso, por esa razón todo mundo evita hablar de ella. Menuda timidez.

Es claro, por otro lado, que no se puede ser suficientemente comprensivo de todos los fenómenos religiosos al quererlos encajar en un solo concepto, y es el problema que han afrontado los Estados al intentar “regular” sobre ellos, como se vio en los casos anteriores, y en otros más recientes que involucran a la comunidad musulmana.

Sin definir lo religioso, podemos atender a las manifestaciones de esto en la vida pública, y con ello nos ahorraríamos el constante fracaso de intentar generar una definición para todas las religiones, cuando ninguna “coincide en su significado” como decía Chesterton en su libro Ortodoxia.

Sin embargo, la protección de la libertad religiosa, como derecho humano fundado en la dignidad de la persona, exige de los poderes públicos una obligación de carácter positivo, de promoción de las condiciones para que su prerrogativa sea real y efectiva, pero también conlleva una exigencia de carácter negativo, que obliga al Estado a garantizar un ámbito de inmunidad para que nadie pueda ser coaccionado ni obligado a abrazar unas creencias contra su voluntad, ni a obrar en contra del credo que profesa.

Pero esta protección no exige una confesión por parte del Estado, idea que quita el sueño a muchos autodenominados ateos, pues sólo a ellos veo con el pendiente, a nadie más. Para su tranquilidad, el Estado, para garantizar la libertad religiosa, debe ser aconfesional.

Y no debe perderse de vista esta perspectiva, porque la neutralidad del Estado en materia religiosa, lejos de identificarse con el separatismo estricto, constituye el principal instrumento del gobierno para hacer posible la protección de la libertad religiosa en condiciones de igualdad, para todos los ciudadanos y grupos. La libertad es realmente el fin, la neutralidad tan sólo es el medio.

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt. 22, 21).

El termómetro de todas las libertades

Sin embargo, parece ser que la aconfesionalidad del Estado se ha ido convirtiendo paulatinamente en un laicismo (distinto de la laicidad) que implica la exclusión de lo religioso del ámbito público, de todo aquel símbolo que pueda hacer visible la presencia de Dios. ¡Vaya manera de manifestar el temor de Dios!

Esto no implica un único problema, pero el principal está en la lesión de la persona, porque el derecho de libertad religiosa encuentra su fundamento en la misma dignidad humana, por lo que es un derecho natural y universal, es previo al Estado y a cualquier otra organización social, nacional o internacional, que queda obligada a reconocerlo, respetarlo, facilitar su ejercicio y tutelarlo eficazmente.

Por tanto, si es un derecho humano y como tal el Estado tiene que velar por su cuidado, ¿por qué hay una persecución exacerbada de cristianos en Medio Oriente? O ¿por qué los musulmanes son tan duramente señalados en un país como EEUU? O ¿por qué se impide a personas portar crucifijos en el trabajo o a usar velos, cuando en ellos encuentran algo más que sólo un símbolo?

La libertad religiosa es el termómetro de todas las libertades(3) porque es la primera que busca suprimirse, la más susceptible a ser relegada al un plano interior de la persona, donde no tenga voz para expresar la Verdad, donde no llegue a nadie. Y entonces, cuando peligre la libertad religiosa, atentos todos, pues las demás libertades peligrarán también, tarde que temprano.

ÚLTIMA:

La sentencia dictada por la Cámara de la Segunda Sección de la Corte, en el caso Lautsi contra Italia, fue revocada por la Gran Cámara de la Corte el 18 de marzo de 2010, por 15 votos contra 2, aduciendo que “un crucifijo en una pared es un símbolo esencialmente pasivo y (…) no se puede considerar que tienen una influencia en los alumnos comparable a la del discurso didáctico o la participación en actividades religiosas”. Cuestión de sentido común.

Arpad Alejandro Jaime Orozco

(Edición: Eduardo Sánchez Madrigal)

(1) http://hudoc.echr.coe.int/eng#{“fulltext”:[“lautsi”],”documentcollectionid2″:[“GRANDCHAMBER”,”CHAMBER”],”itemid”:[“001-104040”]}

(2) http://hudoc.echr.coe.int/eng?i=001-115881#{“itemid”:[“001-115881”]}

(3) Concepto acuñado por SERRANO OCEJA, J.F., Oído Cocina, La Gaceta de los Negocios, 27 de septiembre de 2009.