La inconformidad debe transformarse en fuerza de los ideales nacionales

Los fracasos y decepciones a lo largo de la historia contemporánea de México han creado, quizá sin que nos demos cuenta en el proceso, una población pusilánime. El mexicano promedio crece con desconfianza hacia las instituciones —en ocasiones con justa razón—, pues en un inicio cuestiona el nivel de calidad de la educación que recibe y una vez lanzado al mundo laboral, sospecha de cualquier movimiento que le sea requerido. Ha escuchado un millón de veces que el gobierno es tramposo, injusto, corrupto, tacaño, entre otros peyorativos, que forman dentro de la cabeza del mexicano una perpetua inconformidad. Esta inconformidad se traduce principalmente en tres actitudes.

Relación odio-olvido. En un plano de realización personal, el mexicano debe trabajar duro para subir escalones y muchas veces recibe ayuda de distintas personas o instituciones. Es curioso cómo se reparten agradecimientos, o bien insultos, una vez obtenido el resultado de alguna solicitud, proyecto o entrega. Si el mexicano fracasa jamás es culpa suya. La culpa es del gobierno que no provee los recursos necesarios. La culpa es de los gobernantes que no ofrecen auxilio ni promoción. La culpa es de la mala organización de las instituciones o de las inclinaciones secretas de los jueces. La culpa proviene, casi exclusivamente, de la incompetencia de los organismos gubernamentales.

No obstante, si el mexicano alcanza el éxito, el mérito es propio. Es como si dentro del enorme esfuerzo que se realizó para concretar las metas, los gestos menores tuvieran peso nulo, como si fueran olvidados. Estos gestos van desde el buen servicio dentro de las instituciones y la facilitación de trámites, hasta el otorgamiento de premios o programas de ayuda. ¿Qué hace falta para el mexicano agradezca en lo más mínimo a su gobierno?

Fuga (no circulación) de cerebros. La fuga de cerebros consiste en dejar ir a los estudiantes al extranjero, de modo que se formen y aprendan de los exponentes del campo en el que se desarrollan. Para que la fuga resulte eventualmente beneficiosa es necesario que se transforme en circulación de cerebros. Esto es que los mexicanos estudiados en tierras extranjeras regresen e impartan su conocimiento, lo apliquen y hagan crecer la fuerza educativa.

Sin embargo, el problema se encuentra en aquellos mexicanos que por ningún motivo desean volver, o antes, que por ningún motivo desean quedarse. Parece que el mexicano quiere todo en charola de plata y por eso, cuando estudia medicina o alguna ingeniería, decide irse para siempre  a los países más avanzados en su área, porque existen “mayores oportunidades”. La pregunta es, ¿qué tanta virtud posee el quedarse en una nación que ya lo tiene todo resuelto? ¿Por qué no, entonces, el doctor prefiere permanecer en su país de origen, trabajar arduamente, y así volverlo  uno de los más avanzados de su área? Esta ansia de fuga reafirma la desconfianza del mexicano hacia las instituciones y organizaciones que conforman su país.

Nada es suficiente. El mexicano acostumbra a compararse y la balanza tiende a desfavorecerlo. Sucede que los segundos o terceros lugares son reprochables, y la cobertura en los medios jamás satisface la voracidad del pueblo mexicano. No se trata de, a cierta manera, premiar la mediocridad, sino de permitirse sentir orgullo por los logros, aunque estos no hayan rebasado las expectativas, en tanto sean los resultados de un gran monto de esfuerzo y dedicación.

La inconformidad debe emerger a partir de una mente crítica, no a partir de la costumbre. A su vez, debe estar orientada a la acción, a cambiar aquello que no nos parece del todo, no debe explotar solamente en quejas y reproches descontrolados. En otras palabras, la inconformidad debe transformarse en fuerza de los ideales nacionales, los cuales, finalmente, encauzarán todos los esfuerzos de los mexicanos y ocasionarán un verdadero cambio. Esta actitud, al contrario de las tres mencionadas anteriormente, es auténticamente patriota.

Frida Fernanda Ahumada Loza

(Edición: José Francisco Macías Calleja)