El triunfo de la razón sobre el misticismo ha sido uno de los grandes logros del intelecto del hombre occidental en los últimos siglos, pues su método científico marcó la pauta para un sinfín de descubrimientos en todas las ramas de la ciencia. Sin embargo, el camino a tal conquista no ocurrió de manera accidental, sino que fue la síntesis de un proceso dialéctico tras miles de años de pensamiento eminentemente dogmático.

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Con el cambio de paradigmas surgido del Renacimiento y de la Ilustración, el hombre se colocó a sí mismo por encima de cualquier forma de religiosidad, relegando los frutos de la vida contemplativa religiosa al plano de la subjetividad. De tal forma, la ciencia y la teología se convirtieron en disciplinas antagónicas dentro de la cosmovisión del hombre, cuya confianza en la tecnología y en las verdades comprobables desestimaban el valor de lo espiritual. La teología pasó a formar parte de la metafísica, como disciplina especulativa, desconociéndola como parte natural del hombre. Las ciudades europeas adornaron entonces sus calzadas con grandes edificios gubernamentales que pretendían replicar el esplendor y majestad de las antiguas catedrales, marcando el hombre su transición a la modernidad bajo el principio de “Dios ha muerto”.

El pensamiento relativista actual –legado de tal mutilación- propone un modelo de vida desvinculado de las verdades trascendentes e impulsado por un escepticismo racionalista, en el que fe y razón se presentan dentro del mismo como conceptos excluyentes entre sí. 

Resulta imperativo afirmar que la búsqueda de la verdad, derivada de la curiosidad natural del hombre, no puede ser reducida al estudio de una disciplina exclusivamente, sino que debe abordarse desde una óptica de pensamiento universal.

Por tanto, una sociedad de librepensadores es aquella en la que el conocimiento científico y las verdades de fe se encuentran a su disposición en un plano de colaboración con sus respectivas disciplinas. Complementariedad sin exclusión es la fórmula precisa para el ejercicio de una auténtica libertad de pensamiento.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)