“Me dueles México” es una de las frases más escuchadas en la actualidad. La historia de nuestro país está llena de heridas que no han sanado por acontecimientos que siguen latentes: la revolución mexicana, el conflicto religioso en 1926, la matanza de los estudiantes en Tlatelolco en 1968, el movimiento Zapatista en los noventas, la crisis económica de 1994… Y muchos otros más recientes: el incendio de la guardería ABC, los 43 normalistas de Ayotzinapa, los periodistas en Veracruz y un largo ectcétera. Estos son únicamente algunos de los eventos que han dejado un fuerte dolor en los mexicanos y que no dejamos de recordar debido a su gran impacto en nuestra sociedad.

Nuestra historia nacional se ha visto envuelta en innumerables sucesos de maldad y tristeza, de donde no hemos podido avanzar a un momento de paz social.

¿Realmente los conocemos a fondo? Conocer dichos acontecimientos de manera profunda nos permite no sólo darnos cuenta de los errores cometidos, se trata de contemplar un panorama que permita aprender, que la pérdida y sacrificio de aquellos que dejaron su legado no sea motivo de rencor. Sabemos que no podemos cambiar el pasado, pero en efecto podemos trabajar por el futuro.

Quizá con lo antes expuesto el lector tome una perspectiva de ideales de maravilla y mejoras sociales con el solo hecho de sanar los vestigios del pasado. Sin embargo, se trata de ir mas allá, de esclarecer el sentimiento social que permita el avance de la comunidad mexicana, de perdonar para dar un  paso esencial en el impulso positivo del país.

Antes bien, es necesario definir el perdón en su esencia humana. Materialmente lo podríamos definir como la línea delgada entre sanar y olvidar por el simple transcurso del tiempo, un momento en que experimentamos dolor y tomamos la decisión de cauterizar una herida. Esto es algo falso: ¿Cómo olvidar hechos tan importantes y dolorosos que nos han hecho quienes somos? ¿Es esto el perdón?

Aunque existen autores que definen esta concepción de manera filosófica, en su esencia parece ser muy acertada la propuesta de Jutta Burgaf, teóloga y escritora alemana, mediante sencillas palabras: “renunciar a la venganza y el odio”.

Nuestra historia nacional se ha visto envuelta en innumerables sucesos de maldad y tristeza, de donde no hemos podido avanzar a un momento de paz social. El primer paso para alejarnos de la venganza y el odio es perdonarnos como mexicanos, mirarnos a los ojos y entender que en ese reflejo se encuentra nuestro país, y así crear una verdadera conciliación con nuestra historia, nuestras raíces y actos pasados que permita una sinergia efectiva en nuestro pueblo.

Contra la ideología que dice “Ni perdón, ni olvido”, es necesario mantener el “Perdón y memoria”.

Miguel Ángel Soriano Morales

(Edición: José Francisco Macías Calleja)

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