A lo largo de la historia se ha calificado al hombre como un ser de naturaleza eminentemente social, que deja a un lado su estado de libertad salvaje para formar comunidades de mutua cooperación.

La familia es un primer acercamiento del hombre a dicha estructura social, la cual cumple con funciones de educación y formación para su desarrollo integral. Asimismo, el núcleo familiar se erige como un santuario de atención y de cariño para las necesidades afectivas del hombre, como referente axiológico en sus relaciones interpersonales, así como en la definición de su carácter.

Resulta preciso encauzar esfuerzos hacia el redescubrimiento del verdadero sentido de la familia

De tal forma, la familia es pilar de la sociedad y, como tal, debe instituirse con cimientos sólidos para asumir con responsabilidad la tarea de maestra y guía. En efecto, la unión entre varón y mujer, con que comienza cada familia, es sostenida por un compromiso de ayuda recíproca, de amor, de apertura a la vida y de todos aquellos rasgos propios de su complementariedad material y espiritual. Fruto de tal unión, el hombre ha de encontrar en la familia los elementos suficientes para el perfeccionamiento de sus virtudes y para contribuir, mediante su interacción, a la formación de una sociedad justa.

En los tiempos que corren, resulta sencillo identificar signos de un abandono generalizado hacia los valores tradicionales de la institución familiar, mismo que se concretiza en una cultura de descarte y en una instrucción doméstica cada vez más deficiente e impersonal. Más aún, la ausencia de identidad y congruencia en los roles paterno-filiales, ha contribuido a formar una generación de jóvenes que se vuelven contra la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia, promoviendo una desviada concepción de libertad y una ideología anticoncepcional que ve con repulsión todo aquello que aspire a lo eterno. Lamentables realidades como el aborto, la esterilización y el libertinaje sexual, derivan de una egoísta tendencia a satisfacer impulsos sin contemplar sus consecuencias.

Ante dicho panorama, resulta preciso encauzar esfuerzos hacia el redescubrimiento del verdadero sentido de la familia, restaurar su vigor y no ceder el llamado de lo perenne. Es necesario formar una juventud recia, que no tema a las exigencias del compromiso, que aprenda a apreciar y defender el valor de la vida de forma reverencial.

Reconocer el debido valor a la institución de la familia y a sus componentes, es un paso lógico en la formación de nuevas generaciones comprometidas con el beneficio de su entorno, así como una medida imperiosa para contrarrestar los males que afligen los cimientos de la sociedad actual.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)

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