Durante la primera mitad del siglo XX en México, surgió una fuerte preocupación por contestar las siguientes preguntas: ¿quién es el mexicano? ¿Cómo está formado? ¿De dónde viene y a dónde va? La respuesta se abordó desde distintas perspectivas. Samuel Ramos lo hizo a partir de la psicología —en su trabajo se concreta el llamado complejo de inferioridad—; Octavio Paz lo alcanzó mediante un recorrido histórico e inclusive poético de nuestro pasado; y Jorge Cuesta, quien formó parte de Los Contemporáneos, lo realizó a través del cuestionamiento de nuestras tradiciones; entre muchos otros más.

La identidad nacional no sólo comprende un conocimiento suficiente de sus raíces históricas, sino también la interiorización de las mismas.

Todos estos acercamientos tienen en común el haber explorado los orígenes de nuestra nación. Desde las costumbres indígenas hasta la conquista, la evangelización y el mestizaje, la Independencia, la separación de la Iglesia y del Estado, la Revolución y la continua transformación de nuestra sociedad hasta el presente día. Se demuestra que lo que se inició hace casi 500 años y terminó hace poco más de 200 tiene consecuencias vivas en el idioma que hablamos, en la religión que muchos profesan y en el mismo desarrollo social, aún dotado de segregación. La historia es, entonces, un proceso de creación simultánea: en tanto el hombre va haciendo historia, la historia va construyendo al hombre.

Sucede un proceso semejante con la identidad nacional en relación con el actuar de los mexicanos. La identidad nacional no sólo comprende un conocimiento suficiente de sus raíces históricas, sino también la interiorización de las mismas. No se trata de avergonzarse del pasado, y mucho menos de negarlo, sino de aprender de él. En otras palabras, la revisión de nuestra historia debe funcionar como una introspección colectiva que, una vez en consciencia de quiénes somos, nos lleve a la armonización de ideales nacionales y estos mismos nos lleven a marcar nuestra historia.

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Sin embargo, la identidad nacional no es innata en el mexicano y probablemente en ninguna otra nacionalidad. No se nace con ella, sino que se forja en el hogar y en la escuela, se fortalece con el estudio y la reciprocidad entre gobernantes y gobernados, y toca la cima cuando los mexicanos se descubren unos a otros trabajando honestamente por la prosperidad del país, porque saben que el verdadero progreso nacional supone en su naturaleza el progreso individual de cada uno de ellos. De este modo la identidad nacional se vuelve un elemento clave para el proceso formativo historia-hombre.

No obstante, el elemento imprescindible del desarrollo será siempre el hombre, pues ni historia ni identidad existen sin un agente que los ejecute y no existe hombre sin origen ni motivación. Por lo tanto queda en él y en nada más, la responsabilidad del futuro. Recae sobre él la tarea de armar la identidad entre sus nacionales y con ella perfilar el camino que seguirá su país y superará los libros de historia.

Frida Fernanda Ahumada Loza

(Edición: José Francisco Macías Calleja)