La libertad es aquel aspecto propio de la naturaleza humana que permite elegir una opción determinada entre varias, previamente identificadas por medio de la razón. Es decir, la libertad es la capacidad del hombre de disponer de sí mismo, de autodeterminarse, para encausar sus actos hacia un resultado deseado; es aquel atributo que permite adecuar la propia conducta a los parámetros de la fórmula elemental de hacer el bien y evitar el mal.

La libertad, como cualquier atribución humana, debe ser refinada por la virtud y su ejercicio, orientado hacia el bien común.

Dentro de un universo de realidades causales, las elecciones libres contribuyen directamente a moldear el curso de los acontecimientos, al no ser el devenir histórico más que el concurso de decisiones particulares. Asimismo, la libertad es un medio que permite al hombre explorar los límites de su propia capacidad, siendo un catalizador de la diversidad intelectual y de los sistemas democráticos.

El hombre, como creatura naturalmente libre y social, busca la vida en sociedad para la satisfacción de intereses comunes.

Una sociedad auténticamente libre es aquella compuesta por individuos cuyos intereses particulares se encuentran elevados a un plano de cooperación y de complementariedad, con la capacidad de darse su propia forma de gobierno y de expedir normas que regulen la actividad de sus integrantes. Siendo una sociedad compuesta por una multitud de individuos con capacidad de autodeterminarse, resulta lógico prever el surgimiento de conflictos de intereses que surgen de dicha convergencia y del dinamismo de la personalidad humana.

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Una sociedad libre no censura la diversidad de opiniones ni el intercambio de ideas, sino que promueve dichas actividades como un ejercicio de convivencia sana y de desarrollo intelectual, aparejadas siempre de un deber correlativo de respeto a la libertad de los demás. La libertad, como cualquier atribución humana, debe ser refinada por la virtud y su ejercicio, orientado hacia el bien común, pues un camino alterno implicaría la corrupción de su auténtica naturaleza al someter al hombre al despotismo del vicio. Una sociedad libre es, por tanto, aquella en la que sus integrantes encuentran un terreno fértil para el desarrollo de sus potencialidades y que, conscientes de su propia libertad, encausan sus actos hacia la consecución de ideales de armonía y bienestar común.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)