Durante el siglo XV, el espíritu de la cultura Occidental se vio inmerso en una renovación intelectual sin precedentes. Por un lado, un apasionado redescubrimiento de las antiguas civilizaciones romana y griega – impulsado por los grandes pensadores bizantinos que huían hacia Europa tras la caída del Imperio Romano de Oriente – provocó un cambio de paradigmas en las artes, cuyos exponentes se esmeraron por adaptar sus obras a los cánones de estética clásicos. Por el otro, el así llamado Renacimiento fue una era de descubrimientos en la que numerosas innovaciones tecnológicas y científicas llevaron al hombre occidental a la conquista de nuevos mundos del otro lado del Atlántico, y a cuestionar su lugar en el universo.

El auténtico humanismo debe buscar la exaltación del hombre en toda la amplitud de los rasgos propios de su esencia

Con un renovado aire de autonomía, el hombre renacentista pasó a desplazar, dentro de su cosmovisión, la noción teocéntrica propia del pensamiento dogmático medieval, colocándose a sí mismo como eje de la Creación. Volvió su mirada hacia la naturaleza, reconociendo en su vastedad una inagotable fuente de conocimiento puesto a disposición de su inteligencia, y que clamaba por ser descubierto. En consecuencia, el vínculo con lo divino comenzó a disolverse hasta convertirse en un paradigma obsoleto, sin lugar en un mundo cada vez más “racional”.

El Renacimiento levantó el velo dogmático y llevó el estandarte de la razón por toda Europa, exaltando la libertad de pensamiento y la secularización como premisas para los nuevos modelos políticos y sociales. Es en tal contexto que se fragua el concepto de humanismo, esta corriente que coloca al hombre como única medida de sí mismo, centro de todo; y con lo que fragmenta, consecuentemente, la relación entre ciencia y fe, para los siglos posteriores.

Es en su afán por encontrar la lógica detrás de los misterios de la existencia, que el ser humano ha logrado ejercer señorío sobre el mundo con el cetro de la razón, pero negándose a ser ungido con el aceite que legitime su investidura.

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Resulta sencillo identificar el legado del humanismo renacentista en nuestros tiempos, especialmente en el imperio del relativismo axiológico, que sostiene como verdadero y bueno todo aquello que no causa un perjuicio evidente, una lógica simplista –que pretende reducir la verdad a la inconstancia de criterios subjetivos-, y que permea en los ánimos de nuestra sociedad actual, desestimando las realidades que superan al propio ser e invitando a la tibieza de espíritu. Es en base a dichos planteamientos que cabe cuestionarse la clase de ideal hacia el pretendemos encausar nuestros esfuerzos como nación.

Una humanidad desprovista de su dimensión trascendental es una visión que pervierte el sentido auténtico de la búsqueda de la verdad al confinarla exclusivamente al terreno de la ciencia. El auténtico humanismo debe buscar la exaltación del hombre en toda la amplitud de los rasgos propios de su esencia, es decir, entendiéndolo como un ser corpóreo dotado de inteligencia, pero también de espíritu inmaterial. Un humanismo propiamente dicho no es aquel que mutila la naturaleza contemplativa del hombre o destierra de su entendimiento todo aquello que lo supera, sino que ennoblece y conduce a su capacidad de asombro. La humanidad debe permanecer digna, enamorada del infinito, con un ímpetu que no se sacia en los límites de la razón, sino que se ve nutrido por el cuestionamiento de realidades supraterrenas. El hombre debe ser enaltecido por un humanismo que, guiado por la virtud y no por el apetito, haga resplandecer a la vida misma en su auténtica luz.

Eduardo Sánchez Madrigal

(Edición: Arpad Alejandro Jaime Orozco)

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